LA SUBLEVACIÓN DE MARTÍNEZ
 
de Vicente Blasco Ibáñez
 
 
 
I
 
 
Después que triunfó la revolución, y sus caudillos, instalados
definitivamente en la capital de Méjico, se repartieron los principales
cargos--desde presidente de la República hasta rector de la
Universidad--, el valeroso Doroteo Martínez empezó á sentirse aburrido,
sin atinar con la causa.
 
En verdad, no podía quejarse de su suerte. Seis años antes era segundo
capataz en la hacienda de un gran señor que pasaba la mayor parte del
tiempo en París.
 
Un día montó a caballo para seguir á los vengadores de Madero y derribar
a su asesino Huerta. ¿Por qué no había de ser revolucionario, á
semejanza de otros mejicanos de tan humilde origen como él, que llegaban
á ministros y hasta presidentes?... Guadalupe su mujer, carácter
despótico, opuesto sistemáticamente á todas sus decisiones, aceptó esta
vez con entusiasmo el proyecto de dedicarse á la guerra.
 
--A ver si llegas a general--le dijo--. ¡Está una tan cansada de ver
generalas que empezaron siendo criadas!...
 
El miedo a la mujer, una buena suerte incansable y el afán de que su
nombre apareciese en letras de imprenta y fuese cantado en verso con
acompañamiento de guitarra, le empujaron en su ascensión gloriosa. A los
treinta años se vió general de brigada, sin haber tropezado con grandes
obstáculos. Su astucia de campesino le hizo saltar oportunamente de un
grupo á otro en las contiendas civiles que surgieron al final de la
revolución, adivinando quién iba á triunfar y quién iba á sumirse para
siempre en la desgracia y el olvido.
 
Su primer jefe y maestro fué Pancho Villa. A sus órdenes hizo la mayor
parte de la guerra; pero al verlo en lucha con Carranza, presintió que
este antiguo «ranchero», de porte solemne y aseñorado, al que llamaban
«el viejo barbón», tenía más aspecto de presidente que el antiguo
bandido, y se fué con él.
 
Por segunda vez Guadalupe reconoció que su esposo era á veces capaz de
resoluciones acertadas.
 
El guerrillero, durante la presidencia de Carranza, conoció todas las
dulzuras del poder. De la capital de Méjico le llegaban grandes sobres
con el sello del gobierno llevando esta inscripción: «Al ciudadano
general Doroteo Martínez, comandante de las tropas en operaciones.»
 
Su autoridad se extendía nominalmente sobre un territorio más grande que
algunas naciones de Europa, pero sólo era efectiva en la población donde
había establecido su Estado Mayor y en otros grupos urbanos ocupados por
sus tropas.
 
La importancia de estas tropas también era más ilusoria que real. Vistas
desde las oficinas ministeriales de Méjico, constaban de una docena de
miles de hombres, con casi igual número de caballos. Sobre el terreno de
las operaciones los regimientos se achicaban hasta convertirse en
partidas; los miles de combatientes bajaban á ser centenares; y los
caballos, que debían estar próximos á morir de un reventón, según las
montañas de forraje que llevaban consumidas--a juzgar por las cuentas
pagadas por el Ministerio de la Guerra--, eran escuálidos jamelgos que
pastaban en los campos de los particulares, alimentándose á la ventura
con lo que podían encontrar.
 
El general, siguiendo una respetable tradición, se guardaba
tranquilamente los sueldos de los combatientes que no existían y el
valor de los piensos que jamás habían olido sus caballos. De algún modo
debía pagar la patria los servicios pretéritos de sus héroes y los que
le seguirían prestando en el resto de sus días.
 
Continuaba en guerra el país. En vano el gobierno de la capital hacía
decir á los periódicos que sólo se mantenían en armas algunos bandidos,
á los que pensaba exterminar de un momento á otro. Lo de que fuesen
bandidos ó no lo fuesen quedaba reservado á la apreciación siempre
divergente de los gobernantes y de sus enemigos; pero lo cierto era que
los que corrían montes y campos, haciendo saltar trenes con dinamita,
quemando poblaciones, fusilando prisioneros y llevándose mujeres, habían
convivido como camaradas de armas con los mismos que marchaban ahora en
su persecución.
 
Martínez se tuteaba con todos los insurrectos que tenía encargo de
fusilar así que cayesen en sus manos. Meses antes eran todavía tan
generales como él. Hasta le obligaban á marchar contra su antiguo ídolo
el temible Villa, y procuraba hacerlo con la mayor discreción, como un
esgrimista novel que se bate con su maestro.
 
Perseguidos y perseguidores parecían evitar los golpes decisivos. Los
adversarios de Martínez propalaban en la capital que éste tenía más
empeño en eternizar la guerra que los mismos insurrectos. La paz
significaba para él, como para los otros jefes de operaciones, la
supresión de los regimientos fantasmas y de los piensos de la caballada
no menos irreales.
 
Pero el valeroso Doroteo despreciaba estas invenciones de la
malevolencia. ¡Qué hombre ilustre carece de envidiosos!
 
Había perdido su timidez de los primeros tiempos de la revolución,
cuando rondaba en torno de los caudillos principales como un oficial de
lealtad perruna, siempre dispuesto á encargarse de las misiones
peligrosas. Empezaba a creer que había nacido para cumplir una misión
histórica, según afirmaban sus aduladores. Al marcharse á la guerra,
sólo sabía trazar su firma como un jeroglífico, y aun esto lo había
aprendido durante unos meses que pasó en la cárcel á causa de ciertas
puñaladas recibidas por alguien que pretendía casarse con la que ahora
era su mujer. Durante la guerra se familiarizó con la literatura
declamatoria de las proclamas y los artículos revolucionarios, y pudo
llegar á leer de corrido estos impresos, siempre que fuesen de letra
gruesa.
 
Ahora tenía como secretario á un periodista traído de la capital, joven
poeta, que redactaba todos los decretos que el comandante de operaciones
dirigía á los pobladores de su territorio, tratando en ellos muchas
veces sobre los destinos de la humanidad futura y la revolución
universal, como si fuesen dedicados á los habitantes del planeta entero.
 
Al verse tan bien servido por la pluma del secretario, Martínez, cuando
no estaba de operaciones, sentía la necesidad de convertir en leyes
todas las ideas simples y nuevas para él que hervían en su cerebro.
 
--Sandoval, vamos á escribir media docena de decretos--decía después de
las comidas, como si esto suavizase su digestión.
 
Y á un mismo tiempo legislaba sobre la limpieza de las calles de la
ciudad, sobre el amor libre, sobre la hora de empezar el espectáculo en
los cinematógrafos y sobre un nuevo reparto de la propiedad rural. Los
decretos siempre terminaban condenando á ser pasados por las armas á
todos los que desobedeciesen las órdenes de su autor. La gente,
familiarizada con el peligro y la muerte, no hacía gran caso de ellos.
¡Eran tantos los decretos, y por otra parte tan poco numerosas las
personas del distrito que sabían leer!
 
Pero si rara vez llegaban á ser una realidad positiva, estos documentos
servían de un modo maravilloso al general cuando deseaba suprimir á
alguien. Siempre ocurría que este importuno había desobedecido alguna de
sus leyes tan minuciosas y tan diversas, y el Consejo de guerra que se
reunía en el _foyer_ del teatro de la ciudad no necesitaba discutir
mucho para enviar al acusado al cementerio, lugar donde se verificaban
los fusilamientos de rebeldes, evitándose de este modo las molestias de
una larga conducción de los cadáveres.
 
Estos castigos extremados apenas alteraban la popularidad de Martínez.
¡Qué general no había hecho otro tanto! En el populacho, medio indio,
persistía el alma de sus crueles ascendientes, los cuales veneraban á
sus dioses cuanto más sedientos se mostraban de sangre y según el número
de víctimas á las que se extraía el corazón en sus altares.
 
Además, Martínez casi gozaba honores de gloria nacional. Su secretario
rara vez lo designaba por su apellido. Era por antonomasia «el héroe de
Cerro Pardo», lugar donde había batido á los «soldados de la tiranía»
durante la revolución. Otros generales se veían venerados como
semidioses por haber perdido un brazo ó una pierna. Martínez había
perdido una oreja en Cerro Pardo, y mostraba con orgullo su sien mocha
en las ceremonias oficiales. Pero con una guedeja de su largo cabello
procuraba ocultar la falta del pabellón auditivo, siempre que, abusando
de la adormecida fiereza de la generala, se atrevía á visitar á ciertas
señoras admiradoras de su heroísmo.
 
Muchas de las comunicaciones que enviaba Sandoval al gobierno de Méjico
eran devueltas con una nota pidiendo un estilo más claro, por considerar
el texto incomprensible. El héroe se indignaba.
 
--¿Para esto hemos hecho la revolución? En el Ministerio de la Guerra no
hay mas que gente atrasada; reaccionarios que no pueden entender lo que
es el simbolismo.
 
Como todos los simples que sólo han recibido una instrucción primaria y
tardía, amaba con entusiasmo el estilo complicado y los neologismos que
exigen largas explicaciones.
 
El libro más interesante de la época presente iba á ser la _Historia del
general Doroteo Martines_, obra voluminosa que estaba escribiendo su
secretario. De ella, lo más apreciado por el autor y por el protagonista
era el «Capítulo ochenta y dos», titulado así: «De cómo el general, a
pesar de ser antimilitarista, comunista y ácrata, se vió obligado á
fusilar á doscientos cincuenta compañeros de armas que se rebelaron
contra el gobierno, faltando á la disciplina.»
 
En la vida ordinaria era una buena persona, que hablaba con voz tímida,
ceceando lo mismo que un niño, y si su interlocutor le miraba fijamente,
apartaba los ojos como avergonzado. Los efectos de su bondad y su
sencillez se extendían hasta Europa. Como ejercía una autoridad de
procónsul sobre su comarca natal, una de sus primeras disposiciones fué
apoderarse de la gran propiedad en la que había trabajado como humilde
capataz.
 
El propietario, residente en París, recibió de él una carta dulce y
respetuosa: «Venga usted por aquí, patroncito; tendré un verdadero gusto
en verle. Arreglaremos cuentas sobre su hacienda. Le manifestaré mi
agradecimiento por sus bondades con este su antiguo servidor.»
 
Pero el propietario, que era mejicano y conocía á su gente, no pensó un
momento en volver á un país donde los capataces se convierten en
generales. Se sentía mejor cerca de los Campos Elíseos, aunque tuviera
que recurrir á préstamos y trampas para compensar las rentas que ya no
llegaban del otro lado del Océano. Prefería ver el Arco de Triunfo con
hambre, antes que la sonrisa melosa y los ojos terriblemente dulces del
héroe de Cerro Pardo.
 
Los comerciantes de la ciudad, extranjeros todos ellos que daban parte á
Martínez en sus negocios y no se atrevían á acometer empresa alguna sin
tenerle por consocio, le habían regalado por suscripción una espada
«artística» y un uniforme de general.
 
Este uniforme, mezcla de japonés y de alemán, quedó en una silla, bajo
la mirada pensativa del héroe. La gorra con entorchados deslumbrantes y
un águila de oro enorme, los bordados de las mangas y las hombreras,
parecían herir su vista.
 
--Yo soy un ciudadano--dijo á su secretario--. (No olvide usted,
Sandoval, de repetirlo en el libro.) Yo soy un ciudadano, y estos
uniformes son los que perdieron á muchos de mis camaradas que han muerto
fusilados por traidores.
 
Y como él prefería ser ciudadano, siguió usando sus trajes civiles, una
indumentaria soñada sin duda en sus tiempos de pobreza como algo
magnífico y quimérico: trajes de paño azul celeste ó verde esmeralda,
corbatas y pañuelos con las tintas del arco iris, productos de fábricas
misteriosas de Inglaterra ó los Estados Unidos, cuya existencia ignora
el común de los mortales y que parecen trabajar únicamente para la
elegancia masculina de los trópicos. Una placa de esmalte con un águila,
fija en una de sus solapas, revelaba á los demás mortales su condición
de general.
 
Pero un día se mostró en los salones del antiguo palacio del obispo,
convertido en comandancia de armas, vistiendo el deslumbrante uniforme.
 
--Somos débiles, Sandoval--dijo melancólicamente--. Me lo he puesto para
dar gusto á la generala.
 
Un viejo tendero español--el iniciador de la suscripción--se entusiasmó
al verle.
 
--Estás más hermoso que el sol. Pareces Bismarck...pareces Hindenburg.
Así deberías ir todos los días, Doroteíto.
 
Y le acariciaba el vientre con suaves palmadas. Era el único que podía
tutearle, como un privilegio de la época en que el general frecuentaba
la tienda del _gachupín_ como simple peón, llevándose al fiado de comer
y de beber. Además, este personaje opulento y respetable era el que se
encargaba de figurar como único contratista en todos los servicios de
las tropas.
 
Para darle gusto, así como á su Guadalupe, se sacrificó al fin el
general, vistiendo su uniforme de gala siempre que estaba en la ciudad.
Al salir de operaciones volvía á cubrirse con el enorme sombrero
mejicano, poco menor que un paraguas, única prenda uniforme de sus
soldados en tiempo ordinario.
 
Su gloria y su poder no encontraban obstáculo alguno en el rincón de la
República sometido á su autoridad. Los jóvenes empleados en los
ministerios de la capital se agrupaban para reir, leyendo en voz alta
las comunicaciones enviadas por el héroe de Cerro Pardo.
 
Los grandes periódicos comentaban con una ironía algo miedosa las
sublimidades laberínticas de su estilo. Pero el presidente y los
ministros restablecían el prestigio del héroe:
 
«¿Martínez?... Algo tonto y vanidoso, pero un hombre leal, un soldado
fiel, y además un héroe.»
 
Era tan común en la historia del país la traición, el sublevarse los
generales contra el gobierno con las mismas tropas facilitadas por éste,
que Doroteo resultaba un personaje excepcional.
 
Todo cuanto hiciese se lo tolerarían los gobernantes. Firmemente
asegurado en su situación, no temía á Dios ni á los hombres.
 
Únicamente una persona le infundía miedo: su mujer.
 
 
 
 
II
 
 
Cuando el capataz Doroteo dejó de trabajar para irse con los
revolucionarios, Guadalupe no dudó un momento en seguirle.
 
Un mejicano debe ir á todas partes con su mujer, hasta á la guerra. Lo
mismo los defensores del gobierno que los revolucionarios, llevaban con
ellos á sus mujeres, apodadas «soldaderas», que eran las que remediaban
la ausencia de administración militar, cuidando cada una del alimento de
su hombre.
 
Durante las marchas iban á vanguardia, rodeadas de enjambres de niños y
con las ropas de la familia formando un lío sobre su cabeza. Lo robaban
todo, arrasaban los campos, como una nube de langosta, y cuando las
tropas hacían alto, encontraban ya la hoguera ardiendo y la comida en su
punto. Los primeros contactos entre ambos bandos los realizaban casi
siempre las dos vanguardias de «soldaderas». Olvidando momentáneamente
su antagonismo, se vendían unas á otras lo que consideraban superfluo.
El defensor del gobierno, por mediación de su compañera, facilitaba
víveres al rebelde. Otras veces ocurría lo contrario.
 
La moneda carecía casi siempre de valor en estas transacciones. El bando
falto de municiones sólo quería vender su pan á cambio de cartuchos, y
el que los tenía los entregaba, ansioso de comer, sin fijarse en que,
horas después, estos mismos proyectiles podían darle la muerte. Al
entablarse el combate, las «soldaderas» y sus enjambres de chiquillos se
retiraban á retaguardia. Otras veces, si el momento era angustioso, la
hembra se mezclaba en la pelea para sostener al compañero herido y
seguir tirando con su fusil.
 
Guadalupe vivió así; hizo marchas interminables á pie ó á la grupa del
caballo de su hombre. Pero como Doroteo obtuvo rápidamente sus primeros
ascensos, pronto se elevó sobre la muchedumbre de «soldaderas» de tez
amarillenta, cabellera aceitosa y ojos ardientes, asombrosamente flacas.
 
Fué la capitana Martínez, luego la comandanta, y ya no tuvo que avanzar
al trote junto á los jinetes, llevando sobre su cabeza el colchoncillo y
las ropas que constituían el ajuar andante del matrimonio. Doroteo,
excelente esposo, había matado á un oficial del gobierno para regalarle
á ella su caballo.
 
Al ser coronel, su generosidad marital deseó algo más.
 
--¡Si pudiese robar un automóvil para «la vieja»!...
 
«La vieja» era Guadalupe, que tenía entonces veintiséis años. No
resultaba difícil hacerse dueño de un automóvil. Abundaban mucho en un
país vecino á los Estados Unidos y con la frontera libre. No había
revolucionario de alguna graduación que no tuviese el suyo. La
importancia de los jefes se medía por los parques de automóviles que
llevaban detrás de ellos.
 
Y la coronela hizo la guerra en un vehículo americano. Su adquisición
sólo costó á Martínez dos palabras breves y el apoyar su revólver en el
pecho del primitivo dueño.
 
El chófer era un mestizo de enorme sombrerón y descalzo, que llevaba el
fusil entre las dos manos fijas en el volante. Dentro iba Guadalupe y
toda su casa: un lío de colchones, dos sacos para la ropa sucia, una
criadita mestiza que se sentaba á sus pies, tres gatos y un perro en la
banqueta, junto á la señora, y un loro que se paseaba por la capota
recogida, sirviendo de remate trasero á este vehículo triunfal. Todos
los automóviles ignoraban la limpieza desde muchos meses. La lluvia y el
barro habían cubierto su exterior con una costra parda y agrietada.
Parecían forrados de piel de elefante. Como la esposa de Martínez era
relativamente esbelta, su vehículo se limitaba á chillar por la falta de
aceite y de aseo. Otros tenían un muelle roto y saltaban sobre sus
ruedas, acostándose como una barca próxima á zozobrar. Siempre se
inclinaban del lado donde acostumbraba á sentarse la generala ó la
ministra, con la abrumadora majestad de su centenar de kilos carnales.
 
Los revolucionarios marchaban como lo permitían las exigencias
topográficas: unas veces en fila, extendiéndose leguas y leguas; otras
en masa horizontal á través de las llanuras, llevando en torno un
segundo ejército de mujeres y chiquillos. Lo mismo habían avanzado en
otros siglos las grandes invasiones históricas. Eran como las antiguas
naciones en marcha, que arrastraban detrás de ellas los seres y los
muebles que forman la familia.
 
Algunas veces llegaban á ser veinte mil, todos á caballo, sin
medicamentos, sin víveres, confiando al azar la vida del día siguiente.
Cada uno hacía la misma recomendación al camarada: «Si me hieren en el
pecho ó en el estómago, dame un tiro en la cabeza. Prefiero esto á
quedar vivo junto al camino.»
 
No podían ser considerados como caballería, á pesar de que todos iban
montados. Carecían de armas blancas y no podían dar una carga. Eran
infantes que sólo echaban pie á tierra en el momento de empezar el fuego
contra el enemigo. Hasta los generales llevaban el rifle atravesado
sobre el delantero de la silla.
 
La única infantería era la de los _yaquis_, indios montañeses que no
habían querido aprender de los conquistadores españoles el arte de
cabalgar y mostraban aún cierta repugnancia ante el caballo. Estos
_yaquis_ figuraban como enemigos de todos los gobiernos desde la época
de Porfirio Díaz, que cometió el sacrilegio de implantar en sus tierras
el telégrafo y el ferrocarril. Se dejaban convencer fácilmente por los
revolucionarios, con la esperanza de que éstos les librasen de
innovaciones vergonzosas. En los combates eran los únicos que se batían
avanzando.
 
La muchedumbre montada, al emprender su marcha todos los amaneceres,
veía á los _yaquis_ tranquilos en su campamento, como si pensasen
quedarse allí. Cuando al llegar la noche, después de una larga jornada á
caballo, se detenían para descansar, encontraban instalados ya á los
mismos indios en el lugar designado de antemano, como si hubiesen
llegado volando y sin fatiga aparente. Puestos en cuclillas escuchaban
con atención religiosa el repiqueteo de los tamborcillos pendientes de
las muñecas de sus jefes, instrumentos que servían á la vez para sus
fiestas y para transmitir órdenes.
 
La imagen de su esposa Guadalupe iba unida siempre á estos recuerdos de
la guerra. Al principio la mujer mostraba cierto pavor; el silbido de
las balas parecía irritar sus nervios. Un día, para recoger á su hombre
herido, tuvo que lanzarse en pleno combate, y desde entonces consideró
poca cosa el intervenir en las operaciones de guerra.
 
Las «soldaderas» hablaban de ella como de una gloria de su sexo,
colocándola al nivel de los jefes más célebres de la revolución. Los
hombres, por galantería instintiva, admiraban su hazañas, exagerándolas,
como si nadie pudiese igualarlas. Todo el ejército repitió lo mismo al
hablar de los esposos Martínez. «Él es un buen soldado, un
valiente...pero como hay muchos. Ella vale más. ¡Qué mujer!...»
 
Su conducta durante la vida azarosa de marchas y campamentos contribuyó
á aumentar su fama. Guadalupe tenía mal carácter. Muchas veces, al
rozarse su automóvil con el de alguna generala--igualmente cargado de
colchones, sacos de ropa sucia, cuadrúpedos, aves y numerosos
chiquillos--, empezaban á insultarse ambas damas por si la una pretendía
cortar el paso á la otra. La coronela, sin consideración á su grado
inferior, recordaba á la generala las aventuras amorosas de su señora
madre ó la época en que sus tías lavaban la ropa de los soldados. Hasta
que el heroico Martínez, avisado del incidente, acudía á todo galope
para meter su caballo entre ambas furias.
 
Los hombres, al recordar que esta mujer se batía lo mismo que ellos,
encontraban lógico que se considerase superior á las otras, gordas aves
domésticas que se habían lanzado al campo para marchar detrás de los
combatientes, escarbando con el pico el terreno de la lucha, en busca de
los residuos de la victoria.
 
Su fidelidad matrimonial era también muy admirada. Uno de los grandes
jefes había recibido de ella varios latigazos cierto día que osó algunos
atrevimientos con la amazona. El mismo personaje golpeado acabó por
arrepentirse, y á impulsos de la admiración, fué en adelante un
protector de Martínez y de su esposa.
 
Cuando Doroteo llegó á general, sus envidiosos atribuyeron toda la
carrera del héroe á la influencia de Guadalupe. «No es que sea menos
valiente que los demás--decían--; pero á causa de su compañera, los de
arriba se fijan en sus acciones, que, realizadas por otros, quedarían
ignoradas
 
Al terminar la guerra, cuando Martínez pasó á ser defensor del gobierno
recién constituído, Guadalupe no quiso prolongar sus hazañas militares.
Era ridículo que la esposa de un comandante de operaciones saliese al
campo á perseguir á los rebeldes, muchos de los cuales había conocido
ella meses antes como amigos, teniéndolos por excelentes personas.
 
Renanció a las costumbres violentas de campaña, á los largos galopes, al
automóvil sucio y hasta á las palabrotas aprendidas en sus años de
existencia varonil. Fué en adelante la «señora generala» y quiso
rivalizar con Martínez en esplendores de lujo.
 
Las gentes de la ciudad casi se sintieron cegadas por el resplandor de
las joyas que en ciertos días la cubrieron desde la garganta al vientre.
Doroteo había trabajado bien, lo mismo que todos los padres de familia
mezclados en la revolución. No tenía hijos, como los otros, pero tenía
á Guadalupe; y siempre que en sus correrías veía algo vistoso y de
precio, sacaba el enorme revólver de su funda, diciendo: «Esto para mi
vieja...y esto otro también.»
 
Total: que la esposa del héroe de Cerro Pardo poseía una colección
enorme de alhajas, y los maliciosos las encontraban iguales á las que
habían comprado en Londres y en Nueva York ciertas familias del Méjico
anterior que andaban ahora vagabundas, lejos del país.
 
Guadalupe huía de la ostentación en los días ordinarios y se limitaba á
llevar simplemente media docena de sortijas de brillantes, un reloj con
pulsera de platino en una muñeca, otro igual en la muñeca opuesta y un
tercer reloj más grande colgando del cuello.
 
Así se mostraba por las tardes á la admiración pública, ocupando uno de
los ocho automóviles que poseía el héroe como recuerdo de sus campañas.
Su paseo favorito era la calle central de la ciudad, una alameda con
árboles seculares, de cuyas ramas pendían á veces hombres ahorcados.
Eran ladrones, mestizos incorregibles que hurtaban gallinas, hortalizas
y otras cosas igualmente preciosas á pesar de los decretos del general.
Y Martínez, que era enemigo inexorable del robo, les aplicaba sin
compasión la pena decretada por su dictadura revolucionaria.
 
Guadalupe casi tenía una corte. Las damas del pasado régimen--la
aristocracia del país--la visitaban y adulaban, para defender de este
modo su tranquilidad y sus bienes. Los subordinados de su esposo, cuando
deseaban algo, preferían pedírselo á la generala, como si creyesen más
en su autoridad que en la de Martínez. Ella los tuteaba con una bondad
superior. Volvía á ser la compañera de armas que se había encargado
muchas veces de guisar en el campo para su marido y todos los de su
Estado Mayor.
 
Recordaba con cierta nostalgia los años de guerra, pero tenía por mejor
el tiempo actual. ¡Ojalá no se acabasen nunca los insurrectos y su
marido fuese perpetuamente comandante de operaciones!...
 
Martínez se sentía menos contento en su interior. Empezaba á pesarle la
autoridad de su esposa. ¿De qué le servía haber llegado á héroe
nacional, si Guadalupe le inspiraba un miedo superior á su voluntad? No
valía la pena haber hecho una revolución para verse privado de realizar
sus gustos.
 
Luego de pensar esto, miraba á su mujer largamente, con una reflexiva
atención que ella no llegaba á adivinar, acostumbrada á tener en poco
todo lo de su marido. Aún la encontraba hermosa á los treinta y tantos
años, lo mismo que cuando se casaron. Producto de varios cruzamientos de
españoles con indias, tal vez había además en sus venas cierta parte de
sangre africana. Unos ojos grandes, húmedos y ligeramente oblicuos; una
dentadura fuerte y deslumbrante entre los labios gruesos de rosa
obscuro; una carne pomposa y pálida, y una cabellera exuberante, negra y
con tendencia á rizarse apenas la abandonaba el peine, eran los
componentes principales de su belleza.
 
Así la vió Doroteo durante diez años, como si fuese una criatura
insensible al tiempo, y así la hubiese visto siempre.
 
Pero un día se dió cuenta de que empezaba á disgregarse su armonía
corporal, como si las tres sangres que existían en ella se hubiesen
cansado de permanecer revueltas, aislándose, para asomar cada una por
separado á la superficie. Sobre la tez blanca empezó á esparcirse una
especie de viruela subcutánea, formada de puntos negros pequeñísimos,
como granos de pólvora. En una mejilla y en otras partes menos visibles
se marcaban ó desaparecían, según los días, grandes manchas violáceas.
Era la madurez precoz de la criolla de diversos orígenes. Además, ¡sus
palabras rudas y violentas, su ignorancia, su deseo de mantenerlo
sometido, tratándole despectivamente en presencia de las gentes!...
 
Martínez vió todo esto de pronto, pero fué porque acababa de encontrar
un término de comparación en otra mujer.
 
 
 
 
III
 
 
Cuando Guadalupe deseaba dar broma al general en presencia de sus
contertulios, se expresaba así:
 
--Este viejo, aquí donde ustedes lo ven, anda enamorado, loco, detrás de
la _Gringuita_.
 
Cerrando una mano, le apuntaba con el dedo índice, y añadía, amenazante:
 
--¡Que te pille yo, y verás lo que es bueno!
 
Pero á continuación, considerando que la broma había durado bastante,
decía con gravedad:
 
--La _Gringuita_ es una joven muy apreciable, que gana su vida y
mantiene á todos sus hermanos. Además, ¡lo que sabe! Yo me quedo
asombrada escuchándola. Parece mentira que una mujer pueda estudiar
tanto.... Perderías el tiempo, viejo. Esa no te hace caso á ti.
 
Era hija de un maestro de escuela que había muerto el año anterior. Se
educaba en los Estados Unidos cuando esta desgracia la obligó á volver
al país, dejando incompletos sus estudios. Quería servir de madre á sus
hermanos menores, que después de muerto el padre, quedaban completamente
solos en la casa. Seis años de vida en Nueva York habían desfigurado á
esta joven mejicana, dándole otras costumbres y hasta un aspecto físico
completamente diferente.
 
Los personajes de la ciudad la protegían, seducidos por sus finas
maneras y por la sencillez con que hablaba de unos estudios que sólo
conocían ellos de oídas. La habían colocado como maestra en una de las
principales escuelas y prometían ayudarla en la realización de todas las
innovaciones que proyectaba.
 
Algunas solteronas feas y de carácter agriado torcían el gesto ante el
entusiasmo pedagógico de los hombres.
 
--¡Claro!... ¡La _Gringuita_ es tan primorosa!...
 
Martínez figuraba entre los protectores de la maestra.
 
--Yo soy un hombre de progreso, ¿saben?--decía al hablar de ella--; por
eso me interesan los proyectos de esa niña que ha estudiado con los
_gringos_. Su pobre padre tuvo una excelente idea al enviarla á Nueva
York para que aprendiese lo que no sabemos nosotros. La aprecio mucho,
por su seriedad sobre todo. En cuanto á su hermosura, de la que tanto
hablan las malas lenguas, ¡pchs!...
 
El general hacía un gesto de duda que casi llegaba á ser despectivo.
Tenía razón: la belleza de Dora no era extraordinaria. La maestrita
poseía el encanto de la juventud, una juventud ágil y sana, mantenida
por los deportes y la higiene.
 
Pero lo que se callaba Doroteo era que él la prefería á las beldades del
país por lo mismo que resultaba distinta á todas. Como recuerdo de su
madre--una extranjera que se había casado en Méjico con el maestro para
producir media docena de hijos y morirse inmediatamente--, tenía el pelo
de un rubio ceniciento y los ojos verdes claros. En cambio, todas las
mujeres del país eran morenas pálidas, con cabelleras de un negro
intenso.
 
Dora iba vestida con unos trajecitos baratos, sencillos y elegantes, que
el general había admirado muchas veces en los periódicos ilustrados.
Tocaba el piano, cantaba en inglés y tenía la soltura y las formas
gimnásticas de un muchacho.
 
La generala centelleaba de joyas, iba envuelta en sedas y bordados, como
la imagen de la Virgen patrona de la ciudad; llevaba peinetas altas como
torres sobre su apretada cabellera; tocaba la guitarra y prescindía de
sentarse en los sillones y en todo mueble que tuviese brazos, por miedo
á no poder introducir entre ellos sus exuberancias dorsales.
 
Cuando la maestrita se ponía bajo un rayo de sol, su cutis blanco
parecía dorarse con la luminosidad de un vello finísimo semejante al de
los frutos en sazón. Igual había sido Guadalupe en otros tiempos, pero
ahora un bigote cada vez menos discreto empezaba á entenebrecer su boca.
 
El héroe visitaba con frecuencia la escuela de Dora, lanzando discursos
á los niños, en los que repetía que la revolución se había hecho
especialmente para el fomento de la enseñanza. También se apresuraba á
entrar en el salón de su mujer siempre que le avisaban que la maestrita
hacía tertulia á doña Guadalupe. Delante de la gente balbuceaba
preguntas sobre los progresos de los _gringos_, abriendo los ojos con
asombro cuando la joven le hablaba de la grandeza de su amada Columbia
University, en la que había pasado sus mejores años.
 
--Usted dirigirá una Universidad igual ó parecida, señorita: yo se lo
prometo. El gobierno dará los millones que se necesiten para
construirla. Y si no los da, soy capaz de.... En fin, ¿qué no haré yo
por la instrucción? ¿qué no haré por...?
 
Iba á añadir «por usted», pero se detenía mirando á la pomposa generala.
Luego, por un deseo irresistible de establecer comparaciones, comenzaba
á admirar con ojos disimulados la belleza especial de esta joven que
parecía un muchacho con faldas, sintiendo al mismo tiempo en su paladar
el sabor ácido y picante de un fruto todavía verde.
 
Tuvo que abstenerse de sacar á bailar á la maestrita cuando se
celebraban fiestas en la Comandancia.
 
--¡Pobre viejo!--le decía Guadalupe--. ¿No ves que aburres á esa pobre
señorita? Además, la gente se ríe un poco de ti.
 
¡Reírse del héroe de Cerro Pardo!... Que probasen á hacerlo francamente,
y él enviaría á los burlones á dar una vuelta por el _foyer_ del teatro,
donde funcionaba el Consejo de guerra siempre que lo exigía la salud de
la patria.
 
Una mañana, con los ojos hinchados por el insomnio, le entregó un papel
á su secretario.
 
--Sandoval, dígame qué le parece. Cuando yo era muchacho y aún no había
aprendido á leer, inventé muchos versos como éstos, mientras punteaba la
guitarra. Usted pondrá lo que les falte: yo entiendo poco en eso de la
ortografía. ¿Qué me dice de ellos?
 
El poeta se acordó de dos ocasiones en que el héroe, irritado por su
franqueza, le había dado varias bofetadas, manifestando luego su
arrepentimiento con valiosos regalos. Olvidó los regalos para acordarse
únicamente de los golpes, y tuvo prisa en manifestar su entusiasmo por
los versos. Eran de amor, é iban dirigidos á una mujer cuyo nombre
quedaba en el misterio, pero el secretario la reconoció desde la primera
estrofa.
 
--Publíquelos mañana mismo en el mejor sitio de mi diario oficial. Como
firma, la misma que llevan: _El caballero de la ardiente mirada_. Es un
apodo que encontré en no sé qué novela, y me gustó tanto, que lo he
guardado para mí.
 
Sandoval quiso marcharse con los versos, pero el autor todavía le dió
otra orden.
 
--Mañana escriba á máquina un anónimo para la persona que usted sabe, y
dígale que _El caballero de la ardiente mirada_ y el general Martínez
son una misma persona.
 
No consideró suficiente esta indiscreción, en vista de la serena
indiferencia de la maestra, y pocos días después hizo una visita á la
escuela, declarando á Dora de pronto todos los deseos, las esperanzas y
las contrariedades que formaban lo que él llamaba «el mayor amor de mi
vida».
 
--¡Oh, general!... ¡Haberse fijado en una pobrecita como yo!...
 
Parecía próxima á desmayarse de sorpresa, como si nunca hubiese
sospechado esta pasión, extrañándose de ella con toda la ingenuidad de
que es capaz el disimulo femenil. Pero hacía meses que se había dado
cuenta del enamoramiento del héroe, riendo á solas de sus tímidas
insinuaciones.
 
En vano Martínez habló de su amor. La maestrita movía la cabeza
negativamente. La existencia no era para ella una sucesión de delicias.
Graves deberes la obligaban á mirar las cosas con seriedad. Era pobre:
debía mantener y educar á sus hermanos.
 
--Yo me casaré con usted--dijo Martínez con un tono dramático, como si
arrostrase el mayor de los peligros--. Comprenderá usted que he pensado
en eso antes de hablarla. Usted no es una «pelada»; usted es una
señorita, una profesora que ha estudiado, y yo respeto mucho á las
personas científicas....
 
Luego añadió triunfalmente:
 
--Por algo nos hemos batido en la revolución, para algo hemos
establecido el divorcio.
 
Los enemigos de la revolución afirmaban que era más urgente que el
divorcio dar una ley obligando á las parejas á casarse, pues la mayoría
de las gentes del país, para evitar gastos y molestias, prescindían de
las formalidades del matrimonio, viviendo en estado natural, como sus
ascendientes. Pero Doroteo se sentía ahora satisfecho de haber dado su
sangre por el triunfo del divorcio.
 
Dora no participaba de este entusiasmo. Pareció asustarse de verdad,
temblando ante la idea de casarse con Martínez, más aún que si éste
hubiese intentado una violencia contra ella.
 
--¡Qué horror!... ¡Divorciarse usted de la generala!... ¡Tener yo por
enemiga á doña Guadalupe!...
 
Sólo la suposición de que la amazona gloriosa pudiera perseguirla con su
venganza hacía temblar las piernas de la maestra. El general participó
por reflejo de esta inquietud. Su Guadalupe era realmente temible, pero
esto no podía impedir que empezase á odiarla. ¿Hasta cuándo iba á sufrir
su despotismo?...
 
Los meses sucesivos fueron de desaliento para el héroe. Dora evitaba los
encuentros con él, apelando á ciertas astucias que el general no podía
prever.
 
Cada vez la deseaba con mayor vehemencia. En ciertos momentos volvía á
resucitar el guerrillero en el interior del comandante en jefe de
operaciones.
 
¿No le era fácil robar á la profesora y llevársela al campo? Él tenía
entre su gente muchos hombres de confianza. Pero á continuación se
acordaba de sus enemigos, de los periódicos de la capital, de que Dora
era «una persona científica» y el asunto metería ruido. ¡Un partidario
de la instrucción y del progreso robando á una señorita del
profesorado!... Además, pensaba en doña Guadalupe, que seguía repitiendo
su cariñosa amenaza, pero cada vez con tono menos cordial, erizándosele
un poco el mostacho, apuntándole con un índice como si le apuntase con
un revólver. «¡Que te pille yo, y verás lo que es bueno!»
 
Por otra parte, las gentes empezaban á murmurar que la _Gringuita_ tenía
un novio. Era un joven de la localidad, que rivalizaba con Sandoval en
la confección de versos «á la moderna» y además hacía discursos contra
el gobierno. Su pobreza resultaba igual á la de Dora, pero esto no
impediría que se casasen muy pronto. ¡Y mientras tanto, él, héroe
nacional, gobernante omnipotente, tendría que mantenerse impasible al
lado de su doña Guadalupe! ¡Ira de Dios! ¿Para esto había hecho la
revolución?...
 
Los sucesos políticos le obligaron á olvidar momentáneamente sus
tristezas amorosas. El «viejo barbón» fué derribado de la presidencia de
la República por varios generales, antiguos amigos de él y de Martínez.
Éste, á pesar de sus preocupaciones, supo inclinarse instintivamente del
lado de los que iban á triunfar.
 
Cuando asesinaron á Carranza, el heroico Doroteo se encontró en
excelentes relaciones con los vencedores y tan comandante de operaciones
como en el gobierno anterior. Pero ¡ay! su alto cargo tal vez iba á
quedar anulado por innecesario.
 
Los diversos partidos que infestaban el país de insurrectos en armas
parecían haber ajustado una tregua junto al cadáver de Carranza. Todos
mostraban un tácito deseo de someterse al nuevo gobierno, para hacer ver
al mundo que en Méjico es posible la paz, aunque sólo sea por una
temporada.
 
Los guerrilleros rebeldes se iban presentando á Martínez y á otros
generales. Hasta Pancho Villa, el eterno insurrecto, se sometió á los
nuevos personajes instalados en la capital, pero con una sumisión
orgullosa y magníficamente retribuida. Le daban un millón de pesos, le
pagaban los atrasos de toda su gente, y además le permitían que se
estableciese en un pueblo, rodeado de sus más seguros partidarios. Lo
importante era hacer ver en el extranjero que ya no quedaba ningún
insurrecto.
 
Martínez se irritó al enterarse de lo que le regalaban á su antiguo
maestro, como si esto representase una injusticia para él.
 
--Sea usted leal--decía con amargura--, manténgase disciplinado, y no le
darán nada.... ¡Pensar que no me he sublevado nunca y siempre he estado
con los gobiernos!
 
Doña Guadalupe se preocupaba más aún que su esposo del nuevo estado
político. Los gobernantes de ahora eran compañeros de revolución á los
que no habían visto en varios años. Era preciso buscar un puesto de
reposo bien retribuído, hasta que hubiesen otra vez insurrectos en el
campo y jefaturas de operaciones. La verdadera historia de Méjico no iba
á cortarse para siempre.
 
Pensó en la conveniencia de que Martínez hiciese un viajecito á la
capital para reanudar amistades. Luego dudó de sus condiciones para este
trabajo. Era mejor que fuese ella. Precisamente su protector de los
tiempos revolucionarios, aquel personaje del que había tenido que
defenderse con el látigo, figuraba entre los gobernantes provisionales
y era uno de los que aspiraban á la presidencia de la República.
 
Los periódicos de la capital anunciaron la llegada de la generala
Martínez, «digna compañera del héroe de Cerro Pardo»; y pocos días
después ocurrió el hecho inaudito, inexplicable, que produjo más emoción
y extrañeza trañeza en el país que la mayor parte de las revoluciones
anteriores.
 
Una mañana, los habitantes de la ciudad gobernada por Martínez vieron
agruparse en el paseo de la Alameda y la plaza principal varios
centenares de jinetes con grandes sombreros y la carabina apoyada en un
muslo. Los jefes gritaban indignados:
 
--¡Han violado la Constitución!...
 
Los transeúntes empezaron á correr para meterse en sus casas. Que
hubiesen violado á la Constitución les importaba poco. La pobre estaba
hecha á estas pruebas y podía considerarse la persona más violada de
todo Méjico. En su vida no había servido para otra cosa. Pero la gente,
que se imaginaba vivir libre por algún tiempo de la calamidad de las
sublevaciones militares, huía miedosa al ver que volvían á empezar.
 
Martínez, con botas altas, dos revólveres al cinto y su gran sombrero
campesino de fieltro adornado con el águila de general, escuchaba á su
jefe de Estado Mayor.
 
--Todo está listo. Nuestra gente se muestra conforme. Ya se aburría de
tanta paz. ¿Qué grito damos?
 
--«¡Han violado la Constitución! ¡Abajo el gobierno!»--dijo gravemente
el caudillo.
 
--Eso ya lo hemos gritado, general. Pero falta un viva. ¿A quién le
damos viva?
 
Martínez se rascó la cabeza por debajo del sombrero.
 
--No sé.... Esperemos. Hay que pensarlo. Yo veré qué personaje quiere
ponerse á la cabeza de nuestra revolución. No faltará alguno. Debemos
salvar la patria.
 
Por el momento, los sublevados sólo pudieron gritar: «¡Han violado la
Constitución!» Pero ellos, por su parte, también deseaban violar algo; y
como en toda sublevación mejicana bien ordenada y que se respeta,
empezaron por asaltar, carabina en mano, las tiendas de los extranjeros
ó á derribar sus puertas si estaban cerradas, llevándose el dinero y los
géneros. Además, golpearon é hirieron á unos cuantos olvidadizos del
pasado que se atrevían á protestar y hablaban de sus cónsules, como si
las revoluciones de los años anteriores no les hubiesen enseñado nada.
 
Los soldados querían terminar pronto su trabajo. Estaban enterados del
programa de todo general que se subleva en una ciudad. Lo primero es
marcharse antes de que lleguen las fuerzas mejor organizadas que
guarnecen la capital con toda su artillería. Después vuelven á ella si
han adquirido nuevas fuerzas en el campo.
 
Lo mismo ocurrió esta vez. Doroteo Martínez se fué de la ciudad con sus
«leales»; pero como necesitaba consolarse de que hubiesen violado á la
Constitución, se llevó á viva fuerza á Dora. Sus hermanitos lloraron
mostrando los puños impotentes á un automóvil en el que gritaba y se
agitaba la maestrita sin poder librarse de sus raptores.
 
Todo el resto de la nación se asombró tanto como el vecindario de la
ciudad. Una sublevación no tenía nada de extraordinario. En diez años no
se había visto otra cosa. ¿Pero sublevarse Martínez, que siempre había
estado de acuerdo con los que mandaban?...
 
En el Palacio de Méjico, el presidente provisional, los ministros y los
personajes que dirigían al gobierno se miraban con extrañeza al comentar
este acto inexplicable.
 
--Pero ¿qué le ha dado á ese hombre?... ¿Qué es lo que busca?... Si
deseaba algo, no tenía mas que haberlo pedido.
 
El asombro les hacía suponer fuerzas ocultas y temibles detrás del
sublevado. Algunos hablaron de meter inmediatamente en la cárcel á
varios personajes de la capital para someterlos á un Consejo de guerra.
 
El poderoso caudillo que pasaba por ser el protector de Martínez y de su
esposa parecía más indignado que los otros, para librarse de este modo
de toda sospecha de complicidad.
 
Precisamente cuando hablaba de la conveniencia de fusilar á un hombre
que no se había sublevado nunca y sólo se decidía á hacerlo cuando los
antiguos insurrectos acordaban mantenerse en paz, anunciaron á la
generala Martínez.
 
Entró doña Guadalupe. Muchos de los presentes, que eran jóvenes y tenían
aficiones literarias, creyeron ver la imagen de la Venganza. Parecía con
más bigote; los ojos le brillaban de tal modo, que era difícil mirarla
de frente. Sobre la torre de su cabellera temblaba un gran sombrero de
terciopelo que había sustituido momentáneamente á la gran peineta de su
vida de salón.
 
--¿Le parece á usted bien lo que ha hecho ese imbécil?--gritó el
protector antes de saludarla--. ¿No merece que...?
 
Pero se detuvo, impresionado por el aspecto de la generala. Nunca la
había visto tan interesante: ni aun cuando se defendió de él con el
látigo.
 
--Vengo á pedir al gobierno--dijo solemnemente la amazona--que me dé el
mando de un batallón. Yo me encargo de batir á ese sinvergüenzón.
 
Y añadió que lo traería allí mismo, atado con una cinta de sus enaguas.
 
El presidente, los ministros y demás personajes empezaron á mirar con
cierto interés risueño á la generala, dejando á su compañero la tarea de
contestarle.
 
--¡Calma, doña Guadalupe!--dijo éste--. Hablemos en serio. Un batallón
no se le entrega á una mujer.
 
--Entonces, pido que se me permita marchar con las fuerzas que saldrán á
perseguirle. Ya sabe usted que yo he hecho la guerra. Deseo ir como
simple soldado.
 
El personaje intentó desviar la conversación, para no repetir su
negativa.
 
--Pero ¿por qué se ha sublevado ese hombre? ¿Qué mal le ha hecho el
gobierno?...
 
La generala contestó con un gesto de extrañeza. ¿Qué tenía que ver el
gobierno en tal asunto?... Luego, sus ojos se humedecieron con lágrimas
de cólera. Su voz se puso ronca y apretó los puños:
 
--¡Si él los quiere mucho á todos ustedes!... Acabo de hablar con
personas que vienen de allá, y sé bien lo que digo. No; ese canalla no
se ha sublevado contra el gobierno. Se ha sublevado únicamente contra
.... ¡Contra mí, que soy su mujer!