LA LOCA DE LA CASA
 
de Vicente Blasco Ibáñez
 
 
I
 
 
Todos los viajeros, antes de abandonar la vieja ciudad de la Flandes
francesa, oían la misma pregunta:
 
--¿Ha visto usted al señor Simoulin?...
 
No importaba que hubiesen invertido varias horas en la visita de la
catedral, cuyas sombrías capillas están llenas de cuadros antiguos.
Tampoco era bastante para conocer la ciudad haber recorrido sus iglesias
y conventos de la época de la dominación española, así como las hermosas
viviendas de los burgueses de otros siglos. El conocimiento quedaba
incompleto si los curiosos prescindían de visitar el Museo-Biblioteca, y
en él á su famoso director, que unos llamaban simplemente «el señor
Simoulin», como si no fuese necesario añadir nada para que el mundo
entero se inclinase respetuosamente, y otros designaban con mayor
simplicidad aún, diciendo «nuestro poeta».
 
De todas las curiosidades de la urbe flamenca, la más notable, la que
indudablemente le envidiaban las demás ciudades de la tierra, era
Simoulin, «nuestro poeta». En esto se mostraban acordes todos los
vecinos y los tres periódicos de la población, completamente
antagónicos é irreconciliables en las demás cuestiones referentes á la
política municipal.
 
Sin embargo, nadie podía enseñar la casa natalicia de esta gloria de la
localidad. El gran Simoulin era del Sur de Francia, un meridional del
país de los olivos y las cigarras, que había llegado siendo muy joven á
la ciudad, para encargarse del Museo-Biblioteca en formación. Pero en
ella había contraído matrimonio, en ella habían nacido sus hijos y sus
nietos, y la gente acabó por olvidar su origen, viendo en él á un
compatriota que era motivo de orgullo para la provincia.
 
Un sentimiento de gratitud se unía á la general admiración. Gracias á
Simoulin, el Museo se había llenado de objetos que acreditaban las
pasadas glorias del país; gracias á «nuestro poeta», los fabricantes de
cerveza y de paños, gentes ricas y de pocas letras, que constituían la
aristocracia de la ciudad, podían hablar, sin miedo á equivocarse, de
los obispos, guerreros y burgomaestres de otros siglos que
indudablemente eran sus ascendientes.
 
Además, el personaje imponía admiración con su aspecto. Los que le
contemplaban por primera vez sonreían satisfechos. «Así se habían
imaginado al grande hombre; no podía ser de otro modo.» Y parecían
venerar con sus ojos las luengas barbas blancas, las dos crenchas de su
cabellera, onduladas y brillantes como las vertientes de una montaña
cubierta de nieve. De pie, perdía gran parte de su majestad, por ser
pequeño de estatura y mostrarse agitado continuamente á causa de su
inquietud nerviosa. Sentado en su Museo, recordaba al Padre Eterno, á
pesar de las arrugas de su rostro y el mal color de su tez, impregnada
del polvo de los libros y de las piezas arqueológicas.
 
Cuando hablaba--y el gran Simoulin era incapaz de callar así que tenía
un oyente--, su palabra parecía difundir en torno de él una aureola de
prestigio histórico. Todas las celebridades de la segunda mitad del
pasado siglo las había conocido el grande hombre. Recordaba como amigos
de ayer á Víctor Hugo y á Gambetta. Con este último había tenido,
indudablemente, cierto trato, cuando el futuro gobernante de la
República andaba echando sus discursos de tribuno republicano por los
cafés del Barrio Latino. Al grandioso poeta lo había visto una vez nada
más, confundido en una comisión de estudiantes que fué á saludarle á la
vuelta de su destierro en Guernesey. Pero esto sólo representaba á los
ojos de los admiradores de Simoulin un detalle histórico insignificante,
y todos repetían, con la firmeza del que dice la verdad:
 
--Víctor Hugo, que fué íntimo amigo de nuestro Simoulin.
 
De otras amistades hablaba el grande hombre con más exactitud. En el
Barrio Latino había tenido por camaradas á Zola, á Daudet y á otros
escritores de su generación. Esto era indiscutible. Podía enseñar cartas
de todos ellos, cartas breves, de un afecto forzoso, pero en las que
vibraba la nostalgia de la juventud, ya lejana; cartas que los hombres
célebres contestan por deber á los camaradas de los primeros pasos que
cayeron rendidos en la mitad del camino. Y los admiradores del director
del Museo-Biblioteca repetían lo que tantas veces habían leído en los
periódicos locales:
 
--Hubiese sido el primer poeta del mundo, de querer seguir en París.
Para él era la gloria que ahora disfrutan muchos con menos talento. Pero
prefirió vivir entre nosotros....
 
¡Cómo no adorar á un hombre que había hecho tal sacrificio en honor de
la antigua y adormecida ciudad!...
 
Todos en ella se esforzaban por corresponder á tal abnegación,
haciéndole grata la existencia. El Consejo municipal atendía sus
indicaciones con tanto respeto como el Colegio de cardenales escucha la
voz del Papa. Aunque la ciudad no tuviese dinero, lo encontraba siempre
para las mejoras de su Museo-Biblioteca. Los subprefectos enviados de
París visitaban inmediatamente al grande hombre. Un presidente de la
República, al pronunciar su discurso durante una permanencia de breves
horas en la ciudad, había saludado á Simoulin como la más alta gloria de
la región. Los industriales del país, que sólo aceptaban alianzas con
gente de dinero, habían admitido como yernos á los hijos del poeta.
 
Su gloria se extendía por toda la provincia como algo irresistible,
reflejándose en las provincias limítrofes. En toda ceremonia oficial,
los periódicos se cuidaban, ante todo, de anunciar: «Hablará el ilustre
Simoulin.» Unas veces era un discurso patriótico; otras, una oda de
circunstancias. Los organizadores de banquetes contaban con un medio
seguro para evitar el fracaso: «A los postres, pronunciará un brindis
nuestro poeta.» Y en pocas horas no quedaba un asiento disponible.
 
Todos los que en la ciudad se sentían tentados por el demonio de la
literatura acudían á la Biblioteca para pedir consejo al ilustre
maestro. Los recibía como amigos antiguos, y, arrastrado por su
vehemencia verbal, dejaba pronto de ocuparse de ellos para hablar de su
propia persona.
 
--Un día, el abuelo Hugo me dijo que....
 
Por las tardes se reunían en su casa los admiradores de su ciencia
histórica: varios señores retirados de la magistratura, del comercio ó
de las armas, que en vez de entretenerse coleccionando sellos, se habían
dedicado á la arqueología provincial.
 
El discípulo preferido era el comandante Pierrefonds, un hombre corto de
estatura, fornido, parco en palabras, de mal carácter, que gruñía á la
menor contradicción bajo su recio bigote rojo y blanco. Tenía el gesto
reconcentrado y amenazante de un perro feroz y mudo. Sólo el maestro
Simoulin se atrevía á bromear con él. Vivía solitario, en una casa de
las afueras, con una vieja ama de llaves y una colección de monedas
antiguas, á la que pensaba dedicar el resto de su existencia de célibe.
 
Se había retirado del ejército con verdadero placer al llegar á la edad
reglamentaria, después de una serie de campañas coloniales penosas y sin
gloria, que habían quebrantado su salud y agriado su carácter. Sólo le
interesaba actualmente la numismática, y no reconocía otra grandeza
humana que la de su eminente amigo y maestro. Su ambición era ser el
primero de los «simoulinistas», y los que envidiaban su privanza,
viéndole acompañar al grande hombre á todas partes, lo habían apodado
«el dogo del poeta».
 
Esta veneración no cegaba al rudo comandante hasta el punto de hacerle
desconocer los defectos de su maestro. Pierrefonds era capaz de dejarse
matar si le exigían una mentira á cambio de la existencia; nunca
recordaba haber faltado á la verdad voluntariamente; ¡y, en cambio, su
admirado maestro!...
 
Dudaba el militar antes de definir la verdadera personalidad moral del
ilustre Simoulin.... Lo mismo les ocurría á muchos de los discípulos. En
la misma incertidumbre estaban sus hijos, su vieja esposa, todos los que
le trataban de cerca.
 
¿El poeta era un embustero?...
 
No; no lo era. El que miente lo hace con un fin interesado, por orgullo
ó por perjudicar á otro. Y el ilustre maestro no mentía; lo que hacía,
simplemente, era ignorar la verdad, huir de ella cuando la encontraba al
paso.... Y si le obligaban á mirarla de frente, la veía con unos ojos
distintos á los ojos de los demás.
 
Las cosas nunca eran para él como para los otros; siempre las
contemplaba como quería que fuesen y no de acuerdo con la realidad.
 
Además, carecía por completo del sentimiento de la medida, inclinándose
á la exageración para aumentar ó disminuir las cosas. Unas veces hablaba
de su ciudad como de una urbe igual á Londres ó Nueva York. Otras veces
la compadecía cual si fuese una aldea. Las personas pasaban á ser en su
apreciación semidioses ó monstruos; nada guardaba para él sus
proporciones regulares: ni seres ni objetos.
 
Uno de sus admiradores, antiguo juez aficionado á las disquisiciones
filosóficas, había hecho su diagnóstico.
 
--Tiene la enfermedad de muchos grandes hombres. Su peor enemigo es «la
loca de la casa».
 
Este era el apodo que el filósofo Malebranche había dado á la
imaginación. Había días en que «la loca» dormía detrás de la frente, en
el piso más alto de aquel edificio humano, y el poeta se mostraba tan
razonable y justo en sus apreciaciones como un fabricante de paños de la
localidad. Otras veces, la inquilina del cráneo se despertaba impetuosa,
haciendo toda clase de cabriolas y extravagancias, y el ilustre maestro
pasaba de golpe á vivir en un mundo quimérico, mientras su cuerpo se
movía en este mundo terrenal. Sus ojos miraban, para ver lo que no veían
los otros, sus manos poseían un tacto sobrenatural, mientras su boca iba
emitiendo, con acento de sinceridad, errores y exageraciones
equivalentes á grandes mentiras.
 
El rudo Pierrefonds lamentaba estos excesos de «la loca de la casa»,
pero no por ello compadecía á su maestro.
 
--Todos los genios fueron así.
 
Recordaba á Balzac y á otros escritores imaginativos, que poblaron su
vida práctica de absurdas concepciones, aceptándolas como realidades.
 
Además, ¡quién sabe si era «la loca de la casa» la que había hecho que
este hombre del país de los olivos y las cigarras conquistase con tanta
rapidez la vieja ciudad dormida y sin ensueños!...
 
 
 
 
II
 
 
La guerra vino á aumentar considerablemente la gloria de Simoulin.
 
En un mes, su actividad muscular y su actividad mental funcionaron con
más apresuramiento que durante varios años. Se le vió en todas partes:
en la estación del ferrocarril despidiendo á los hombres que iban á
incorporarse á sus regimientos; en el paseo principal, donde, al caer la
tarde, entonaban las músicas himnos patrióticos coreados por la
muchedumbre. La gente interrumpía sus cantos al ver las blancas melenas
del poeta. «¡Que hable el señor Simoulin!», gritaban mil voces. Y al
poco rato lloraban las mujeres, rugían de entusiasmo los hombres que aún
no habían ido al ejército, y hasta las banderas tricolores parecían
aletear con más fuerza, como azotadas por el vendaval patriótico del
lírico orador.
 
Cruzaba los brazos lo mismo que Napoleón después de una victoria; otras
veces manoteaba y rugía igual á Dantón al declarar la patria en peligro.
Los más grandes personajes históricos pasaban por él, y de tal modo se
identificaba con sus evocaciones, que Simoulin era el primer engañado.
Prometía el triunfo con la certidumbre de un gran estratega capaz de
derrotar á los enemigos cuando se lo propusiese; hacía llorar á su
público con una sugestión irresistible, pero él era el primero en verter
lágrimas, conmovido por su propia elocuencia al describir la injusta
agresión que sufría la patria.
 
Esta vida imaginativa y elocuente duró sólo unas semanas. Simoulin se
mostraba insensible á las malas noticias. Eran, según él, invenciones de
los enemigos. Pero ¡ay! la realidad se encargó de despertarle un día,
con rudo manotazo. Los alemanes se habían extendido por Bélgica é iban á
pasar de un momento á otro la vecina frontera, entrando en Francia.
Muchos vecinos de la ciudad huían. Algunos burgueses prudentes
insinuaron al poeta la conveniencia de retirarse á París, por creer que
el gobierno necesitaría la colaboración de un hombre tan célebre.
 
--¡Que vengan los enemigos!--contestó con sencillez--. Aquí los aguardo.
 
Sus hijos estaban en el ejército; las mujeres de la familia se habían
ido á una ciudad del interior con todos los nietos. Simoulin,
completamente solo, se consideraba preparado para toda clase de
heroísmos.
 
--Yo también--le había dicho Pierrefonds.
 
El comandante consideraba una felonía abandonar la ciudad. Al declararse
la guerra, había sufrido una amarga decepción viendo que no lo
aceptaban para combatir en el frente, á causa de sus enfermedades de
antiguo soldado colonial. Al fin, para que no insistiese en sus quejas,
lo hicieron director de un modesto servicio de administración militar en
la misma ciudad.
 
--Mientras el ministro de la Guerra no me ordene otra cosa, aquí estaré.
 
Y como el ministro de la Guerra, preocupado por el avituallamiento y la
suerte de los ejércitos en retirada hacia el Marne, no se acordó de que
exista en el mundo un comandante Pierrefonds encargado de unos cuantos
centenares de capotes viejos, el belicoso numismático pudo ver desde una
ventana de su casa cómo llegaban á la ciudad los primeros pelotones de
hulanos.
 
El ama de gobierno tuvo que arrodillarse ante él, abrazando sus piernas
y recordándole las dulces intimidades de otros tiempos ya olvidados.
Sólo así consiguió arrancar de sus manos el viejo revólver con el que
pretendía recibir á tiros á los invasores. Por su culpa podían morir
fusilados muchos vecinos de la ciudad, según afirmaba su vetusta
compañera. Además, se acordó de los consejos del maestro:
 
--Pierrefonds, cuando vengan (si es que vienen), mostrémonos grandes y
altivos en la desgracia. Un heroísmo que se sacrifica es muchas veces
más poderoso que el heroísmo que vence.
 
El ilustre Simoulin tuvo numerosas ocasiones de conocer este sacrificio
predicado por él. Cuando intentó presentarse á los generales invasores
para formular una elocuente protesta contra los atropellos cometidos por
sus tropas, sólo pudo ver á un oficial, que le contestó sarcásticamente,
acabando por amenazarle con el fusilamiento. Nadie hacía caso de su
nombre; aquellos guerreros vestidos de gris verdoso parecían oirlo por
primera vez. Los hijos del país que meses antes rodeaban al poeta con
su cariñoso entusiasmo no podían servirle ahora de consuelo. Unos
estaban en la guerra; otros habían huído; los demás sufrían en la ciudad
toda clase de vejaciones, y para evitarlas, se mantenían ocultos en sus
casas.
 
El poeta sufrió el tormento del hambre y el suplicio aún más intolerable
de la humillación. ¡Quién hubiese podido reconocer á los pocos meses de
tiranía alemana al ilustre director de la Biblioteca!... Parecía haber
vivido diez años en unas cuantas semanas. Estaba triste. «La loca de la
casa» había abandonado indudablemente aquel desván de su cuerpo en el
que tantas cabriolas llevaba hechas.
 
Al encontrarse con algún grupo de míseros compatriotas, intentaba
reanimarlos lo mismo que cuando hablaba en la plaza pública bajo el
aleteo de las banderas, coreado por trompetas y tambores.
 
--Esto pasará pronto. He recibido magníficas noticias, que no puedo
decir.... ¡Los nuestros se aproximan!
 
Pero su voz tenía el sonido de una moneda falsa. Necesitaba engañarse á
 mismo para hablar con el entusiasmo de otros tiempos, y «la loca de
la casa» ¡ay! parecía haber muerto.
 
Un día, los alemanes, aburridos sin duda de repetir monótonamente los
mismos procedimientos de intimidación--quema de edificios,
fusilamientos, trabajos forzados--, pusieron en práctica un nuevo
suplicio. La esclavitud del vencido, castigo de las guerras antiguas,
fué resucitada por los invasores. Una parte del vecindario se vió
deportada al interior de Alemania para trabajar las tierras del
vencedor.
 
Viejos, mujeres y adolescentes formaron una masa de desesperación y
miseria, encuadrada por los caballos y las lanzas de los jinetes
alemanes. Al frente de este rebaño de esclavos figuraban, para mayor
escarnio, los dos vecinos más respetables que habían quedado en la
ciudad: Simoulin y su discípulo Pierrefonds.
 
--Comandante--dijo el poeta una vez más--, piense que el heroísmo que se
sacrifica es más grande, etc....
 
Le daba miedo el aspecto del veterano. Tenía los ojos inyectados de
sangre; bufaba de cólera, haciendo temblar su bigote. Parecía no oír á
su maestro. Pensaba por primera vez que había sido una gran torpeza no
moverse de la ciudad. Envidiaba á los que podían morir en el frente.
«¡El comandante Pierrefonds llevado en cuadrilla, como un esclavo
negro!... ¡Ira de Dios!»
 
Había pasado los días oculto en su casa, para no ver á los invasores. Su
ama de llaves le evitaba toda salida, temiendo que hiciese un disparate.
Pero ahora los tenía ante sus ojos; podía verlos de cerca....
 
No eran muchos: un destacamento de infantería y unas cuantas parejas de
hulanos iban á escoltar á los deportados hasta otra estación algo
lejana.
 
Un jefe único vigilaba desde lo alto de su caballo los preparativos de
marcha de este rebaño dolorido: un militar pálido y de una delgadez
ascética. Simoulin creyó ver en él una expresión de cansancio y de
remordimiento. Tal vez exageraba su rigidez militar para hacer menos
visible la vergüenza que le producía esta vil función de guardador de
esclavos.
 
Pierrefonds, en cambio, le miraba fijamente, por ser el jefe. Al iniciar
el grupo su marcha, pasando ante el caballo del alemán, estalló la
cólera del comandante, muda y reconcentrada hasta entonces. Quiso morir
fusilado antes que dar un paso más.
 
--¡Abajo Guillermo! ¡Mueran los verdugos!--gritó con una voz ronca.
 
El hombre á caballo parpadeó vivamente bajo la visera de su gorra, hizo
un movimiento de sorpresa y de cólera; quedó indeciso contemplando al
prisionero. Los ojos agresivos de éste parecieron devolverle la calma, y
miró á otra parte, levantando los hombros levemente.
 
«¡Suicida!» Y esta palabra, que pareció proferir el enemigo con su
indiferencia afectada, irritó aún más al comandante. También le irritó
el automatismo de aquellos soldados, que indudablemente le habían
entendido; pero eran incapaces de oír mientras no oyese su jefe.
 
Quiso lanzar por segunda vez el insulto, pero no pudo. Alguien le tiraba
del brazo; una cara se pegaba á la suya, hundiendo en sus ojos una
mirada de espanto.
 
--¡Pierrefonds! ¡Amigo mío! ¿Está usted loco? ¡Por Dios, cállese! Va
usted á conseguir que nos fusilen á todos.
 
Y Simoulin dijo esto con tal expresión de angustia, que el comandante
desistió de continuar.
 
Pero el miedo sufrido hizo rencoroso al poeta.
 
--¡Qué disparate!--continuó diciendo--. ¡Pero eso es una niñada sin
objeto, impropia de su edad!...
 
Y transcurrieron muchos días sin que el grande hombre le perdonase el
susto pasado.
 
A pesar de los sufrimientos de su esclavitud, cada día mayores, Simoulin
decía de pronto, mirándole con ojos severos:
 
--Pero ¿dónde tenía usted la cabeza?... ¿Qué se propuso usted al lanzar
aquellos gritos absurdos?... ¿Quería usted mi muerte y la de tantos
infelices?
 
 
 
 
III
 
 
Al terminar la guerra recobró poco á poco la ciudad su antiguo aspecto.
Empezaron á volver á ella los vecinos huídos, y los que habían soportado
durante más de cuatro años la dominación extranjera les relataban sus
miserias.
 
Regresaron también en pequeños grupos los deportados al interior de
Alemania, pero su número había disminuido durante la esclavitud. Eran
muchos los que se quedaban para siempre en las entrañas de aquella
tierra aborrecida y hostil.
 
Entre tantas desgracias, representaba una alegría para la ciudad la
certeza de que Simoulin, «nuestro poeta», no había muerto. Es más; al
principio, los enemigos lo habían tratado sin ninguna consideración,
pero el mérito no puede permanecer mucho tiempo en la obscuridad, y
cierto profesor alemán que había sostenido en otro tiempo
correspondencia con el grande hombre sobre hallazgos arqueológicos, al
saberle prisionero, consiguió trasladarlo á su ciudad, haciéndole más
llevadero el cautiverio. El poeta hizo partícipe de esta buena suerte al
comandante, en su calidad de numismático, y para los dos transcurrió el
período de cautiverio en una dependencia humillante pero soportable.
 
La ciudad, á pesar de sus recientes tristezas, hizo grandes preparativos
para recibir á Simoulin á su vuelta de Alemania. Ya era algo más que un
gran poeta, gloria de su país adoptivo; había pasado á convertirse en
héroe, digno de servir de ejemplo á las generaciones futuras. Cuando
tantos huían, él continuaba en su puesto, y el brillo de su gloria era
tal, que los feroces enemigos habían acabado por respetarlo, tratándole
casi con tanta admiración como sus convecinos.
 
Un aplauso inmenso saludó á Simoulin al descender del tren. «¡Qué viejo
está!» Y las mujeres, vestidas de luto, lloraban, olvidando
momentáneamente sus dolores para no ver mas que los sufrimientos del
adorado grande hombre. Pero aunque había perdido en el destierro una
parte de su cabellera de plata, conservaba intacto su entusiasmo, su
inquietud movediza, su verbosidad lírica, que volvió á estremecer la
ciudad lo mismo que un soplo primaveral.
 
Detrás, como un perro fiel, llegaba Pierrefonds, sin que los años de
esclavitud hubiesen dejado en él ninguna huella aparente, reconcentrado
y agrio lo mismo que antes, pero con una expresión de inmensa melancolía
en los ojos. Los alemanes le habían robado su colección de monedas. Ya
no le quedaba en su casa mas que el ama de llaves. ¿Qué entretenimiento
podía encontrar un hombre después de esto?... ¿Era posible, á sus años,
empezar una nueva colección?...
 
Desalentado, seguía á Simoulin por la fuerza de la costumbre, abriéndose
paso entre un gentío que aclamaba al maestro y no lo reconocía á él.
 
Cuando el poeta, conducido en alto por un grupo de jóvenes, fué
depositado en el gran balcón del Palacio Municipal, extendió sus manos
augustas sobre la plaza negra de muchedumbre y rompió á hablar como en
sus mejores tiempos.
 
Pasarán varias generaciones antes que se extinga en el país el recuerdo
de este discurso.
 
¡Qué de aplausos! ¡Qué de lágrimas de emoción!... El poeta describió el
martirio de la ciudad; los sufrimientos de sus hijos, arreados como
esclavos; la agonía de los que murieron de miseria lejos de la amada
tierra natal.
 
Luego creyó llegado el momento de hablar un poco de su persona.
 
--No me tributéis honores--dijo modestamente--. He cumplido mi deber, lo
mismo que mis compañeros de desgracia. Todos nos hemos mostrado grandes
y altivos frente al invasor; todos hemos sido héroes con el heroísmo del
que se sacrifica, más poderoso mil veces que el heroísmo que vence.
 
Aquí tuvo que detenerse, ahogada su voz por el estrépito de una ovación
inmensa.
 
--Permitidme, para terminar--continuó--, que os relate una breve
historia, como demostración de lo que puede el heroísmo humano cuando no
teme á la muerte. Callaría, si mi persona fuese la única que figuró en
este suceso; pero otro que está cerca de mí hizo tanto como yo, y mi
modestia no debe arrebatarle la gloria que le corresponde.
 
Simoulin describió la salida del triste rebaño humano conducido á la
esclavitud. Al frente iban él y el comandante.
 
--Y al pasar ante el jefe de aquellos bandidos, Pierrefonds y yo,
estrechamente abrazados, deseando morir, le gritamos en pleno rostro:
«¡Abajo Guillermo! ¡Mueran los verdugos!»
 
El comandante, que estaba en el balcón junto al grande hombre, abrió los
ojos con asombro y espanto, mientras le temblaban los bigotes, como si
no pudiese contener una avalancha de frases de protesta.
 
Pero el orador, uniendo la acción á la palabra, se había abrazado á él
nerviosamente, desafiando con la mirada á un enemigo imaginario y
dispuesto al fusilamiento. Además, era imposible hablar. La muchedumbre
rugía de entusiasmo; los aplausos sonaban como una granizada
interminable.
 
«La loca de la casa» había resucitado, haciendo otra vez de las suyas.
 
Y el comandante, librándose del abrazo, acabó por inclinar su cabeza,
rojo de vergüenza al pensar que aceptaba una mentira, pero agradeciendo
al público aquella ovación, la primera de toda su existencia.
 
 
 
 
IV
 
 
Transcurrieron dos años. Hasta en París se habló muchas veces del
heroísmo del poeta Simoulin, que quiso morir insultando á los invasores.
¡Viejo heroico!...
 
En la ciudad todos conocían su grito. Ya no era sólo «nuestro poeta»;
era el hombre que había gritado: «¡Abajo Guillermo! ¡Mueran los
verdugos!» Hasta los niños de las escuelas sabían esto, por haberlo oído
á sus profesores, y al encontrar al señor Simoulin se descubrían con
veneración, como si viesen pasar la bandera de la patria.
 
El comandante Pierrefonds vivía desorientado, dudando de sus sentidos,
creyéndose algunas veces juguete de «la loca de la casa» que también
llevaba en lo más alto de su cuerpo, como todos los seres humanos, pero
que hasta entonces había vivido dormitando y ahora empezaba á
atormentarle con sus jugarretas.
 
Tenía la seguridad de que el maestro había hablado de él en su
discurso. Es cierto que se atribuyó, por un exceso imaginativo, la mitad
del acto de su discípulo, pero concediéndole generosamente la otra
mitad. De eso estaba seguro Pierrefonds. Recordaba con orgullo los
aplausos del público dirigidos á su persona....
 
Pero este público ya no se acordaba de él. La muchedumbre parecía haber
perdido la memoria. Nadie se imaginaba ya al grande hombre abrazándose
al comandante para morir. Las masas no aman la gloria colectiva, á causa
de su vaguedad; quieren algo preciso é individual, les gusta el héroe
aislado y bien á la vista. Y por esto hablaban todos del grito del señor
Simoulin, del heroico reto del señor Simoulin á los enemigos, sin
mencionar para nada al comandante.
 
El grande hombre, contagiado por el olvido general, tampoco recordaba su
invención del abrazo y la hazaña en común. Veía las cosas como quería
verlas «la loca de la casa»; se contemplaba elevando la diestra--tal vez
como le iba á representar en lo futuro una estatua de bronce en el mejor
paseo de la ciudad--y lanzando el grito famoso. Hasta podía describir
exactamente, con su gran poder imaginativo, cómo ocurrió el hecho. Y al
transcurrir el tiempo, iba encontrando en su memoria nuevos detalles que
añadir á la primitiva visión, todos de indiscutible veracidad.
 
El comandante empezó á aborrecer de un modo definitivo todo lo que le
rodeaba. Muchas veces dudó de sí mismo. ¿Lo que él creía la verdad no
sería un sueño, y los otros, al olvidarse de él, estarían verdaderamente
en lo cierto?...
 
Luego, recobrando la fe en sí mismo, despreciaba á sus conciudadanos y
no quería salir de su casa.
 
¿Para qué ver gentes? ¿Para oírles alabar al señor Simoulin y su grito
histórico?...
 
Ya no veía al maestro. Le resultaba intolerable la inocente seguridad
con que describía su hazaña. «La loca de la casa» se mostraba en él como
una desvergonzada, indigna del trato con personas decentes. Además, los
alemanes le habían robado sus monedas y sus medallas, y le era doloroso
volver á conversar con el maestro sobre cuestiones numismáticas.
 
Su única ocupación fué bostezar leyendo libros viejos, regar su pequeño
jardín y hacer comparaciones entre su vejez y la de su ama de llaves.
 
Un día, vió turbada esta soledad. Le visitaron los organizadores de un
banquete en honor de «nuestro poeta», con motivo de la nueva
condecoración que le había concedido el gobierno.
 
Iba á ser la fiesta más importante de todas las que se habían tributado
al grande hombre. Tal vez la última. ¡El pobre estaba tan viejo!...
Vendrían de París diputados y senadores; hasta el ministro de
Instrucción pública había prometido su asistencia.
 
--Y el maestro--continuaron los organizadores--ha preguntado por usted.
Se extraña de no verle. ¡Le gustaría tanto tenerlo cerca, en la mesa!...
 
El enfurruñado comandante se negó á asistir á la fiesta, pero su vieja
compañera le aconsejó lo contrario. Le convenía ver á sus antiguos
amigos; necesitaba distraerse....
 
Al fin, accedió. Le había conmovido la suposición de que esta fiesta en
honor de su antiguo maestro podía ser la última. Deseaba verle. ¡Quién
sabe si no le vería más!...
 
La noche del banquete, el poeta le recibió con los brazos abiertos.
 
--¡Ah, Pierrefonds!... ¡Valeroso compañero de miserias y de
esclavitud!...
 
Y lo presentó al ministro y á todos los personajes llegados de París.
 
--Un héroe, señores; un verdadero soldado y un gran patriota.
 
Pierrefonds gruñió dulcemente, y su bigote se contrajo con algo que
parecía una sonrisa. Se sintió arrepentido interiormente de sus cóleras.
El maestro era bueno; su fama la repartía con los humildes. Todo lo
anterior había sido, indudablemente, obra de los envidiosos, que
deseaban separarlos.
 
Durante el banquete, Simoulin no le perdió de vista. El comandante no
podía estar a su lado; aspirar á esto hubiera sido un disparate. El
maestro tenía por vecinos de mesa á los grandes personajes venidos de la
capital. Pero lo había hecho sentar al alcance de su voz y de sus ojos,
y hasta levantó su copa una vez mirando a Pierrefonds.
 
--¡A la salud de mi heroico compañero!...
 
¡Simpático maestro! ¿Cómo no quererle?... Su alma desconocía la
injusticia.
 
Al llegar la hora de los brindis, hablaron como una docena de señores.
Luego, el poeta pronunció su discurso de gracias.
 
Fué una hermosa pieza oratoria; y como Simoulin, á pesar de su lirismo,
gustaba de tener siempre un tema fijo, en torno del cual podía enroscar
caprichosamente sus improvisaciones, escogió uno: «el valor cívico y el
valor guerrero».
 
Inútil es decir que, desde los primeros párrafos, el pobre valor
guerrero quedó muy por debajo del valor cívico.
 
Tal vez por esto, Pierrefonds, que era militar, empezó a sentir cierta
inquietud. Le daban miedo los ojos brillantes del maestro, unos ojos
juveniles, detrás de cuyos cristales empezaba á danzar «la loca de la
casa». Adivinó que el alma del poeta no estaba allí. Volaba por un mundo
fantástico, y volvería dentro de unos instantes, derramando sobre la
mesa, como flores reales, todas las rosas quiméricas recogidas en su
viaje. ¿Qué iba á decir?... Su palabra continuaba fluyendo, sonora,
fácil, entusiástica.
 
--Y para terminar, señores, puedo citaros un ejemplo, que hará ver,
mejor que todas mis palabras, lo que son los dos valores.
 
»Aquí está mi amigo el comandante Pierrefonds, mi compañero de
cautiverio, un verdadero héroe, un soldado cubierto de condecoraciones y
de heridas, que realizó las mayores hazañas en nuestras guerras
coloniales. Su valor guerrero es indiscutible. Yo no soy mas que un
pobre poeta, capaz, en determinados momentos, de mostrar cierto valor
cívico.
 
»Ya conocéis la escena de nuestra salida de esta ciudad como prisioneros
de los alemanes. La prensa, el libro y hasta el grabado han reproducido
esta escena, tributándome con ello una gloria que no merezco. Yo
grité.... lo que grité; fué algo superior á mi voluntad, que tal vez me
aconsejaba ser prudente. Pero el valor cívico, cuando despierta, no
conoce el peligro.
 
»Y apenas grité «¡Abajo Guillermo! ¡Mueran los verdugos!» este hombre de
guerra, héroe de cien campañas, tal vez porque tiene un sentido de la
realidad más exacto que yo, que no soy mas que un pobre poeta, me agarró
las manos, suplicándome: «¡Por Dios, maestro! ¡Nada de locuras! ¡Nos va
usted a hacer matar a todos!...» Esto no lo habrá olvidado seguramente
mi querido camarada de infortunio. Y como es un soldado de valor
indiscutible, podrá reconocer también sin rubor alguno que tal vez en
aquella ocasión sintió cierto miedo, el primer miedo de toda su vida.
 
El comandante no pudo protestar. Una aclamación ensordecedora había
interrumpido la elocuencia del orador. Todos le tendían las manos,
conmovidos por la sinceridad y la sencillez de sus palabras. Y el poeta
heroico se sentó, jadeando de emoción y de fatiga. Su discurso había
terminado.
 
Pierrefonds optó por marcharse, sin que el público reparase en su fuga,
ni en sus gestos coléricos, ni en las palabras de indignación que iba
barboteando.
 
Después de aquella noche, nadie le ha visto más.
 
Tal vez no quiere salir á la calle; tal vez ha renunciado para siempre á vivir en la misma ciudad que el poeta y su «loca de la casa».