LOS CUATRO HIJOS DE EVA
 
de Vicente Blasco Ibáñez
 
 
 
I
 
 
Iba á terminar la siega en la gran estancia argentina llamada «La
Nacional». Los hombres venidos de todas partes para recoger la cosecha
huían del amontonamiento en las casas de los peones y en las
dependencias donde estaban guardadas las máquinas de labranza con los
fardos de alfalfa seca. Preferían dormir al aire libre, teniendo por
almohada el saco que contenía todos sus bienes terrenales y les había
acompañado en sus peregrinaciones incesantes.
 
Se encontraban allí hombres de casi todos los países de Europa. Algunos
eternos vagabundos se habían lanzado á correr la tierra entera para
saciar su sed de aventuras, y estaban temporalmente en la pampa
argentina, unos cuantos meses nada más, antes de trasladar su existencia
inquieta á la Australia ó al Cabo de Buena Esperanza. Otros, simples
labriegos, españoles ó italianos, habían atravesado el Atlántico
atraídos por la estupenda novedad de ganar seis pesos diarios por el
mismo trabajo que en su país era pagado con unos cuantos céntimos.
 
Los más de los segadores pertenecían á la clase de emigrantes que los
propietarios argentinos llaman «golondrinas»; pájaros humanos que cada
año, cuando las primeras nieves cubren el suelo de su país, abandonan
las costas de Europa, levantando el vuelo hacia el clima más cálido del
hemisferio meridional. Trabajan duramente verano y otoño, y cuando el
viento pampero empieza á azotar las llanuras, asustados por la
proximidad del invierno, regresan á los lugares de procedencia, donde la
tierra empieza á despertar entonces bajo las primeras caricias
primaverales.
 
Cada año vuelven, apretados como un rebaño en la proa de los mugrientos
vapores de emigrantes, para trabajar en las estancias y reunir sus
economías, soñando incesantemente con el lejano país. Parecen resbalar
sobre el suelo de la República Argentina, sin hacer el menor esfuerzo
para arraigarse en él. Una vez terminada la recolección, huyen, llevando
en la faja el producto de su trabajo y dispuestos á volver al año
siguiente.
 
La hora de la cena era el mejor momento de la jornada para los segadores
de «La Nacional». Se reunían en grupos, atraídos por el vínculo del
origen común ó por el encanto personal de la simpatía. Cenaban al aire
libre, sentados en el suelo alrededor de la marmita humeante. Aunque las
noches fuesen cálidas, encendían hogueras, buscando la protección de las
llamas y del humo contra los feroces mosquitos, dominadores de la
llanura.
 
Algunos segadores que poseían un poder instintivo de dominación trataban
á sus camaradas como jefes. Dentro de estos grupos que, procedentes de
diversos lugares de la tierra, habían venido á juntarse en un rincón de
la América del Sur, todos los procedimientos de selección social y las
lentas evoluciones que modelan á un pueblo se realizaban en pocos días.
Los que habían nacido para el mando ó los que se distinguían de sus
camaradas por cualquier don especial se elevaban rápidamente sobre
ellos. Unos eran respetados por su coraje, otros por su palabra
oratoria, otros por su experiencia.
 
El tío Correa, un vejete enjuto, descarnado, pero todavía fuerte á pesar
de su edad, era el oráculo de los segadores españoles. Su conocimiento
profundo de los hombres, sus consejos astutos, su larga familiaridad con
la República Argentina, donde trabajaba hacía treinta años, le
proporcionaban una sólida reputación.
 
Era una especie de patriarca para sus compatriotas--especialmente para
los recién llegados--, y él se aprovechaba de tal prestigio escogiendo
el mejor lugar cerca del caldero, cuando llegaba la hora de la cena, y
el rincón más cómodo para dormir. También eludía los trabajos pesados,
confiándoselos á alguno de sus fervientes admiradores.
 
Un anochecer, después de la cena, el tío Correa, sentado en el suelo,
contemplaba su plato de metal ya vacio, dando chupadas al mismo tiempo á
un cigarro que se resistía á arder.
 
Su camisa entreabierta dejaba á la vista la desnudez de un pecho
cubierto de espesa pelambrera gris. En torno de él, unos veinticinco
segadores españoles formaban corro sentados en el suelo, y los últimos
fulgores de la hoguera se reflejaban en sus rostros barnizados por la
causticidad del sol.
 
Algunas estrellas empezaban á titilar sobre la púrpura de un cielo
ensangrentado por el ocaso. Los campos se extendían pálidos, con los
contornos esfumados por la incierta luz del anochecer. Los había que
estaban ya segados y exhalaban por sus heridas todavía abiertas el calor
almacenado en su seno. Otros conservaban su onduloso manto de espigas,
que empezaba á estremecerse bajo los primeros soplos de la brisa
nocturna. Las máquinas agrícolas se destacaban sobre el rojo sombrío del
horizonte como animales monstruosos que empezasen á surgir de las
profundidades de la noche. Los tractores automóviles y las trilladoras
parecían tomar en la obscuridad creciente los mismos contornos de los
seres gigantescos que habían corrido por estas llanuras en los tiempos
prehistóricos.
 
--¡Ay, hijos míos!--dijo el tío Correa quejándose de un persistente
dolor en sus articulaciones--. ¡Lo que ha de trabajar y sufrir un hombre
para ganarse el pan de cada día!...
 
Después de esta lamentación siguió hablando, en medio de un profundo
silencio. Todos los ojos estaban fijos en él. Sus compatriotas esperaban
un cuento divertido que les hiciera reir ó una historia interesante que
les obligase á estirar el cuello con asombro y curiosidad, hasta la hora
de acostarse. Pero en la presente noche el viejo se mostraba taciturno y
más dispuesto á las lamentaciones que á distraer á camaradas.
 
--Y siempre será así--continuó--. El mal no tiene remedio. Siempre habrá
ricos y pobres, y los que han nacido para servir á los otros tienen que
resignarse con su triste suerte. Bien lo decía mi abuela, y eso que fué
mujer. Eva es la que tiene la culpa de la falta de igualdad que hay en
el mundo, y los que pasamos la vida rabiando para servir y engordar á
los otros debemos maldecir á la primera mujer por la esclavitud á que
nos condenó. Pero ¿qué cosa mala no han hecho las mujeres?
 
El deseo de quejarse que sentía esta noche le hizo recordar á un español
llevado por la mañana al pueblo más próximo, ó sea á treinta kilómetros
de la estancia, para que lo curasen. Uno de sus brazos había sido
alcanzando por el engranaje de una trilladora, sufriendo una
trituración horrible. El infeliz iba á quedar mutilado para siempre,
arrastrando una vida de miserias y privaciones.
 
El recuerdo de tal suceso aumentó la inquietud y la tristeza de los que
escuchaban á Correa; pero como si éste se arrepintiese del silencio
trágico que pesaba en torno de él, se apresuró á añadir:
 
--Es una víctima más de la injusticia de nuestra abuela. Eva es la única
responsable de que las cosas marchen tan mal en nuestro mundo.
 
Y como sus camaradas, especialmente los que le conocían poco tiempo,
mostraban un vehemente deseo de saber por qué motivo era Eva la
responsable de sus desgracias, el viejo empezó á contar á su modo la
mala broma que la primera mujer se había permitido con los hombres.
 
El tío Correa tenía «sus letras». En su país natal llevaba ejercidas
diversas profesiones, mostrándose siempre un incansable lector de
diarios. Además, había asistido á muchas reuniones políticas y trabajado
en las elecciones, pronunciando discursos á su modo en las tabernas del
pueblo.
 
Lo que iba á contar ahora no era un cuento. Se trataba de un «sucedido»,
aunque extremadamente remoto, pues ocurrió algunos años después que Adán
y Eva fueron expulsados del Paraíso y condenados á ganar el pan con el
sudor de su rostro....
 
¡Cómo hubo de trabajar el pobre Adán!... El tío Correa fué enumerando
todas las cosas que el primer hombre se vió obligado á improvisar para
cumplir sus obligaciones de padre de familia. En unos cuantos días tuvo
que hacer de albañil, de carpintero y de cerrajero, construyendo una
casa para albergar á Eva y á sus hijos.
 
Después hubo de domesticar á muchos animales, para que su trabajo
resultase más fácil y su nutrición más abundante. Enganchó al caballo,
puso el yugo al buey, persuadió á la vaca de que debía permanecer quieta
en un establo y dejarse ordeñar resignadamente; también logró convencer
á la gallina y al cerdo de que les convenía vivir cerca del hombre, para
que éste pudiera matarlos cómodamente cada vez que le apeteciese
alimentarse con sus despojos.
 
--Y además--continuó el segador--, Adán tuvo que desmontar las tierras
vírgenes antes de cultivarlas, y echar abajo árboles inmensos, y todo lo
hizo con herramientas de madera y de piedra inventadas por él. No
olvidéis, hijos míos, que en esa época, Caín, que es el primer herrero
de que habla la Historia, estaba todavía dando chupones á los pechos de
su madre....
 
Como el hombre no vive sólo de pan y las golosinas son las que hacen la
vida agradable, Adán prestó más atención á su huerto, donde crecían los
primeros árboles frutales, que á los campos, donde cultivaba otros
artículos más sólidos é importantes para la nutrición. El tío Correa,
excitado por los recuerdos de su país en esta pampa monótona, donde sólo
hay trigo y carne, iba mencionando los árboles de dulces frutos que
embellecieron el primer huerto creado por el hombre. Describía la
higuera, de hojas puntiagudas como manos abiertas, cuyo tronco rugoso y
gris parece forrado con piel de elefante, y que en las mañanas de sol
deja caer de rama en rama un fruto que, al aplastarse en el suelo, abre
sus entrañas rojas y granuladas. Había también en dicho huerto el
naranjo, con su perfume de amor y sus redondas cápsulas de miel
encerradas en esferas de oro; y las diversas clases de melocotones, y el
plátano, y el melón, que vive junto al suelo para absorber mejor sus
jugos, concentrándolos en una carne de dulce marfil.
 
A veces Adán recordaba el manzano del Paraíso y la serpiente enrollada á
su tronco que había dado consejos á su mujer, inspirándole estúpidos
deseos. Pero al contemplar luego su huerto, se encogía de hombros. La
obra de sus manos le parecía más firme y de mayor porvenir que la
creación improvisada del Paraíso.
 
--Podía sentirse orgulloso de su obra--continuó el viejo--, pero su
trabajo le costaba. Habríais sentido lástima al verle tan consumido.
Sólo le quedaban los huesos y la piel, después de tantos esfuerzos.
Parecía tener dos siglos más que su edad. En cambio, Eva podía pasar por
su biznieta.
 
Esto último no sorprendía al tío Correa. En sus andanzas, había viajado
por los países más adelantados y modernos, observando muchas veces que
el marido trabaja con una intensidad extraordinaria, pasando el día
fuera de su domicilio en lucha áspera por conquistar el dinero, mientras
la mujer se queda en su salón tocando el piano y recibiendo visitas. Y
como resultado de esta desigualdad en el trabajo, las mujeres parecen
las hijas de sus esposos, y éstos mueren, generalmente, mucho antes que
ellas.
 
--Yo no sé verdaderamente quién murió antes, si Eva ó Adán--continuó el
viejo--; pero apostaría, sin miedo á perder, que fué el pobre Adán. Eva
debió sobrevivirle, siendo una viuda rica de las que saben administrar
sus bienes; y así viviría mucho tiempo, amada y respetada por sus hijos,
para que no los excluyese del testamento.
 
¡Pobre Adán!... A veces su cansancio era tan grande después del trabajo,
que le faltaba la respiración y tomaba asiento en el umbral de su casa,
para reposar un poco.
 
Había pasado el día entero cavando la tierra ó domando el caballo
salvaje y el toro feroz. Sentía un fuerte deseo de contemplar á su Eva
unos instantes; el mismo deseo que sienten muchos de adorar á los seres
que los maltratan; la admiración irresistible que nos inspira todo lo
que nos cuesta muy caro. ¿Y esta mujer no le había costado el
Paraíso?...
 
Eva parecía siempre hermosa, á pesar de que daba al mundo un niño todos
los años, y á veces dos. No podía hacer menos, teniendo la misión de
poblar la tierra entera.
 
Apenas Adán, sentado en el umbral de la puerta, se enjugaba el sudor de
la frente y empezaba á gustar la dulce voluptuosidad del reposo, cuando
la voz de Eva le arrancaba de este deleite fugitivo.
 
--Oye, Adán: ya que no tienes nada que hacer, podías entretenerte
poniendo la mesa.
 
Otras veces Eva se mostraba injusta y cruel.
 
--Adán, lávame los platos. Es una vergüenza que estés ahí, mano sobre
mano, mientras yo me mato de trabajar.
 
Pero en ciertas ocasiones tomaba el tono de una súplica dulce y
acariciante.
 
--Oye, maridito mío: tú que eres tan bueno, ¿por qué no das un paseo al
bebé en su cochecito? El último que ha nacido, ¿sabes? el que lleva el
número setenta y dos. Ya ves, alma mía, que, sola como estoy, no puedo
llegar á cuidarlos á todos.
 
Y el trabajador infatigable, procreador de un mundo entero, debía poner
la mesa, lavar los platos y pasear al recién nacido en un cochecito de
su invención.
 
Eva trabajaba igualmente. No era floja labor limpiar los mocos, todas
las mañanas, á siete docenas de niños, lavarlos y ponerlos á secar al
sol, é impedir que se peleasen entre ellos hasta la hora del almuerzo.
Pero su vida estaba agriada por otras preocupaciones.
 
Al encontrarse fuera del Paraíso, sintió inmediatamente los primeros
tormentos del pudor y de la vergüenza. Su larga cabellera ya no le
pareció bastante para ocultar su desnudez, como en los tiempos en que no
había escuchado aún á la maligna serpiente. Viéndose en el mundo vulgar,
como simple mujer de labrador, después de haber sido primera dama en el
Paraíso, tuvo que hacerse á toda prisa un manto de hojas secas que la
protegiese del frío y le permitiera mostrarse con un aspecto de persona
decente ante los seres celestiales.... Pero ¿cómo puede una señora tener
buen aspecto llevando siempre el mismo vestido?... Esto equivalía,
además, á colocarse al mismo nivel de los animales inferiores, que desde
que nacen hasta que mueren llevan siempre el mismo pelaje, las mismas
plumas ó el mismo caparazón.
 
Eva era un ser razonable, capaz de las infinitas variaciones que forman
el progreso, y por esto se dedicó á perfeccionar el arte del
embellecimiento de su persona.
 
Con el noble deseo de sostener la superioridad humana sobre los demás
seres creados, se hizo un vestido nuevo todos los días. Esta resolución
no era dictada por la vanidad, ni por el frívolo deseo de gustar á los
hombres ó de hacer rabiar á las amigas, como han pretendido después
algunos filósofos malhumorados.
 
Eva puso á contribución para su adorno todos los recursos de la
Naturaleza: las fibras de las plantas, las pieles de los cuadrúpedos,
las cortezas de los árboles, las plumas de los pájaros, las piedras
brillantes ó coloreadas que la tierra vomita en sus accesos de cólera.
 
La tarea de inventar nuevos vestidos y adornos fué tan importante para
ella y de tal modo deseó la novedad y la variedad, que la vida cambió
completamente en la granja de Adán. Los hijos no vieron á su madre en
muchas horas, y á veces durante jornadas enteras. Los pequeños se
revolcaban en el suelo, cubiertos de una costra de suciedad, mientras
los mayores reñían á puñetazos para dominarse unos á otros, ó golpeaban
á los hermanos débiles que se resistían á servirles de esclavos.
 
A veces la tribu entera se ponía de acuerdo para saquear la despensa
paternal, devorando en unas cuantas horas todas las provisiones que Adán
había almacenado para una semana.
 
--¡Mamá! ¡Mamá!...
 
Un coro de voces infantiles estallaba en el interior de la casa, como si
implorase socorro.
 
--¡Callad, demonios! Dejadme en paz. Es imposible tener un rato de
tranquilidad en esta casa.
 
Y después de imponer silencio con voz amenazante, Eva reanudaba el curso
de sus meditaciones.
 
--Veamos: ¿qué tal resultaría una capa de piel de pantera con cuello de
plumas de lorito, y un sombrero de cortezas adornado con rosas y rabos
de mono?...
 
Su imaginación no se cansaba de concebir las más prodigiosas creaciones
para el ornato de su persona. Luchaba entre el deseo de mostrar los
ocultos tesoros de su belleza y un sentimiento de modestia y de pudor
propio de una madre.
 
Cuando se decidía por una falda corta que apenas le llegaba á las
rodillas, inventaba inmediatamente, á guisa de compensación, unas mangas
muy largas y un cuello que subía hasta sus orejas. Si, en un acceso de
coquetería audaz, creaba un traje de ceremonia, sin mangas y muy
escotado, buscaba inmediatamente volver á la virtud, fabricándose una
falda que le cubría la punta de los pies y arrastraba la cola sobre el
suelo, con un fru-fru semejante al ruido otoñal de las hojas secas.
 
Mientras tanto, Adán iba casi desnudo, mostrando sus vergüenzas de puro
pobre. Su ropero sólo contenía unas cuantas pieles de oveja viejas y
rotas que estaban esperando una recomposición. Pero la mujer, ocupada en
sus fantasías suntuarias, no encontraba nunca media hora libre para este
remiendo.
 
El primer hombre mostraba una viva admiración por las transformaciones
continuas que iba notando en Eva. Una mañana su cabellera ostentaba el
rojo ardiente del mediodía; á la mañana siguiente tenía el oro suave de
la aurora; dos días después sus cabellos mostraban la negrura profunda
de la noche. Ciertas tardes venía al encuentro de Adán con una falda
voluminosa, casi esférica desde el talle á los pies, y tan ancha, que le
era difícil pasar la puerta. Pero como la moda está formada de cambios
bruscos y contrastes violentos, al día siguiente mostraba una segunda
falda, tan estrecha y ajustada como la funda de un espadín, y apenas si
podía marchar, saltando lo mismo que un pájaro.
 
Su rostro también pasaba por estas extremadas transformaciones. A lo
mejor estaba pálida, con la blancura del polvo de los caminos, cual sí
acabase de sufrir una emoción mortal; otras veces sus mejillas eran tan
rojas que parecían reflejar el fuego del sol poniente.
 
Adán se sentía feliz al contemplarla, á pesar de que ella lo maltrataba
lo mismo que antes, obligándole á desempeñar muchas funciones domésticas
cuando venía cansado del trabajo en los campos. El pobre, gracias á tan
costosas transformaciones, creía tener una mujer nueva cada veinticuatro
horas.
 
Eva, en cambio, se aburría, con un tedio mortal. ¿Para qué adornarse
tanto, si ningún otro ser humano, aparte de su marido, podía verla?...
Sin embargo, estaba convencida de que era la admiración de todo cuanto
le rodeaba.
 
Su vanidad había acabado por hacerla entender el lenguaje de los
animales y de las cosas, incomprensible hasta entonces para las
personas.
 
Cada vez que salía de su casa, la selva entera se animaba con un
murmullo de curiosidad femenil; los pájaros dejaban de volar, los
cuadrúpedos se detenían en mitad de sus carreras locas, y los peces
sacaban la cabeza sobre la superficie de ríos y estanques.
 
--Veamos lo que ha inventado hoy para imitarnos--gritaban los loros y
los monos insolentes desde lo alto de los árboles.
 
--¡Muy bien, hija mía!--aprobaba el elefante con lentos movimientos de
su trompa y el toro agitando su armado testuz.
 
--¡Venid á ver la última creación de Eva!--piaban millares de pájaros en
el follaje.
 
Esta ovación de la Naturaleza, que en los primeros días hizo enrojecer
de orgullo á nuestra primera madre, fué acogida finalmente con
indiferencia por ella. Era el aplauso de una muchedumbre inferior, y Eva
aspiraba á la aprobación de sus iguales. La única persona ¡ay! que podía
admirar los inventos y los matices de su buen gusto era su marido; y un
marido es un ser respetable que merece cierta atención, sobre todo
cuando mantiene la casa, pero resulta ridículo que las mujeres se vistan
para no ser admiradas mas que por sus esposos. Es como si un poeta
hiciese sus versos únicamente para leerlos á los individuos de su
familia.
 
No; la mujer es una artista, y como todos los artistas, necesita un
público grande, inmenso, á quien inspirar la admiración y el deseo,
aunque no piense ni remotamente en satisfacer ese deseo.... Y como no
había en el mundo otro hombre que su marido, y éste le interesaba muy
poco, Eva empezó á pensar en los bienaventurados que habitan el cielo y
muchas veces habían ido á hacerle visitas cuando ella ocupaba el
Paraíso.
 
Al llegar aquí, el tío Correa interrumpió su relato para dar una
explicación que consideraba necesaria.
 
Como Dios es un rey, los que le rodean se esfuerzan por imitar á los
cortesanos terrenales, adoptando todos los sentimientos y las pasiones
de su regio amo con más firmeza que éste. Apenas el Omnipotente
manifestó su cólera contra Eva y su marido arrojándolos del Paraíso, los
habitantes del cielo rompieron sus amistades con ella y con Adán,
retirándoles el saludo y evitando todo encuentro.
 
A veces, cuando Eva se contemplaba en el cristal de un pequeño lago que
le servía de espejo, oía á sus espaldas un ruido de alas. Era un
arcángel que iba á llevar un recado del Señor, cumpliendo sus funciones
de mensajero celeste.
 
Eva lo reconocía, se acordaba perfectamente de que le había sido
presentado asistiendo á sus recepciones en el Paraíso. Pero en vano
tosía ó cantaba entre dientes para atraer su atención, adoptando
posturas interesantes; el viajero aéreo se resistía á reconocerla,
batiendo con apresuramiento sus alas para alejarse lo más pronto
posible.
 
--¡De qué le sirve á una ser hermosa y vestir bien, si no recibe visitas
y está condenada á vivir al margen de la sociedad!--decía Eva
amargamente.
 
Y á impulsos de su rabia, desgarraba sus trajes más originales apenas
terminados, buscando además camorra al pobre Adán, para acusarlo de ser
el único autor de la pérdida del Paraíso.
 
--Sí, tú fuiste, ¡no lo niegues!--gritaba ella--. Tú me hiciste perder
aquel jardín tan agradable y distinguido, con todas mis brillantes
relaciones. Tú hiciste no sé qué lío con la serpiente, excitando la
cólera del Señor.
 
Y el pobre Adán sólo sabía decir, como único remedio expuesto
tímidamente:
 
--¡Si te ocupases un poco más de los niños! ¡Si dedicases menos tiempo á
tus modas!...
 
Al oir estos consejos vulgares, la indignación daba á Eva un lenguaje
poético.
 
--¿Quieres acaso que vaya desnuda?--decía con altivez--. Mira lo que
hace el viento; es menos interesante que yo, no tiene cuerpo, y sin
embargo se envuelve en una capa de polvo al correr á lo largo de los
caminos y de un manto de hojas secas cuando atraviesa las selvas.
 
 
 
 
II
 
 
De vez en cuando un querubín volaba en torno á la granja, como un palomo
perdido.
 
Huyendo por algunas horas de la tarea de hacer gorgoritos en los coros
celestiales, había osado descender á las regiones terrestres, con la
esperanza de que el Señor le perdonaría esta escapada cuando le contase
lo que había visto y cómo progresaban los negocios de los humanos
después del pecado original.
 
Eva, con sus ojos de mujer curiosa, no tardaba en descubrir la carita
mofletuda que le estaba espiando medio oculta en las espesuras del
follaje. Entonces, iniciando una de sus más hermosas sonrisas, lo
llamaba:
 
--Oye, chiquitín, ¿vienes de allá arriba? ¿Cómo está el Señor?
 
Viéndose descubierto, el niño celestial se aproximaba hasta dejarse caer
sobre las rodillas de nuestra madre.
 
El Señor se mantenía, como siempre, inmutable y magnífico.
 
--Cuando le veas--continuaba Eva--, dile que estoy muy arrepentida de mi
desobediencia. ¡Qué tiempo tan agradable el que pasé en el Paraíso! ¡Qué
espléndidas recepciones daba yo allá! ¡Y qué _buffet_ tan
distinguido!... ¡Ay, las tortas celestiales!...
 
Una de sus melancolías más dolorosas era á causa de las tortas
celestiales. Eva lamentaba su pérdida tanto como la de la amistad de los
bienaventurados.
 
En vano Adán se calentaba la cabeza buscando algo adecuado para
sustituirlas. Hizo tortas de trigo, que roció con la miel de las abejas,
recientemente subyugadas; secó los frutos de la viña, inventando las
pasas antes que el vino, y así llegó á descubrir el _pudding_. Pero
ninguna de tales golosinas pudo hacer olvidar á su mujer las tortas
deliciosas que ella encargaba á los pasteleros del cielo para sus tés
paradisíacos de cinco á siete de la tarde.
 
--Dile también--continuaba Eva--que ahora trabajamos y sufrimos mucho.
Dile que deseamos verle, una vez solamente, para presentarle nuestras
excusas. Mi marido y yo necesitamos convencernos de que Él no nos guarda
rencor.
 
--Se hará como se pide--contestaba el pequeñuelo.
 
Y dando dos ó tres golpes de ala, se perdía en las nubes.
 
Pero por más recados de esta clase que dió, nunca pudo conseguir una
respuesta de lo alto. En general, la mayor parte de los volátiles
celestes jamás volvían á las regiones terrenales, pero de tarde en tarde
la mujer de Adán lograba reconocer la cara de alguno de estos seres
alados.
 
--Sé quién eres, pequeño--decía--. La semana pasada te vi rondando por
estos sitios. ¿Diste al Señor mi recado? ¿Qué es lo que contestó?
 
Las más de las veces los ángeles permanecían silenciosos ó balbuceaban
palabras sin ilación, como niños bien educados que no quieren decir
cosas desagradables á una señora.
 
--¡Pero Él te habrá dado alguna respuesta!--insistía Eva--. ¡Vamos,
habla!
 
Y una vez encontró á un querubín pequeñito, de cara mofletuda, que le
respondió:
 
--Sí, señora. Su Divina Majestad ha contestado algo. Al darle yo su
recado, me dijo: «¿Pero es que ese par de sinvergüenzas viven
todavía?...»
 
Eva sólo quiso ver en tales palabras una broma de niño falto de buena
crianza. Juzgaba imposible que el Señor hubiera dicho esto. Si insistía
en mantenerse invisible, era seguramente porque estaba muy ocupado en la
dirección de sus dominios infinitos, no quedándole media hora libre para
dar un paseo por la tierra.
 
Una mañana fué recompensada su fe en la bondad divina. Se presentó un
mensajero celeste, saltando de nube en nube, y gritó á Eva:
 
--Escucha, mujer: si no llueve esta tarde, es posible que el Señor venga
á haceros una visita corta. ¡Ha pasado tanto tiempo sin ver la
tierra!... Anoche, hablando con el arcángel Miguel, le dijo: «A veces me
pregunto en qué habrán venido á parar aquellos dos canallas
desagradecidos que teníamos en el Paraíso. Me gustaría verlos.»
 
Eva quedó aturdida por la noticia, y llamó á Adán, que trabajaba en un
campo próximo.
 
¡Cómo describir la agitación que conmovió á la granja!... El tío Correa
la comparaba con la fiesta del santo patrono en cualquier pueblo de
España, cuando las mujeres limpian en la víspera sus casas, desde la
puerta al tejado, preparando además la gran comilitona del día
siguiente.
 
La esposa de Adán barrió y lavó los pisos de la entrada de la casa, de
la cocina y del dormitorio. También puso una colcha nueva sobre la cama
y frotó las sillas con arena y jabón. Después inspeccionó el guardarropa
de la familia, y al ver que las pieles de cordero de su marido no
estaban presentables, le confeccionó en un momento una casaquilla de
hojas secas. ¡Para un hombre, bien estaba!
 
El tiempo restante lo consagró al adorno de su persona. Contempló con
mirada perpleja unos cuantos centenares de vestidos que había hecho y
rehecho, preguntándose con desconsuelo:
 
--¿Cómo me arreglaré para recibir dignamente á tan gran personaje?
Verdaderamente, tengo muy poco que ponerme.
 
Miró con ternura una larga túnica negra, de corte severo, que no dejaba
visible ni una línea de su blanco cuerpo. Pero á continuación pensó que,
por ser hombres todos los visitantes, no convenía recibirlos con tanta
austeridad.
 
Acababa de escoger uno de sus trajea mixtos, muy atrevido por un extremo
y muy discreto por el otro, cuando llegó á sus oídos una verdadera
tempestad de gritos y llantos. Toda su prole se sublevaba. Sólo se
componía de unos cien muchachos, pero se hubiera dicho que la tierra
entera había empezado á gritar.
 
Por primera vez en su vida Eva contempló atentamente á sus hijos. Eran
demasiado feos para presentarlos al Señor. Tenían los cabellos en
maraña, las mejillas manchadas de barro seco y las narices cubiertas de
costras. Eva, absorbida por sus inventos de modista, los había olvidado
durante meses y meses.
 
--¿Cómo presento estos granujas á Dios?... El Todopoderoso va á creer
que soy una sucia y una mala madre.... Porque el Señor es hombre, y los
hombres no comprenden lo difícil que es cuidar á tantos chiquillos.
 
Después de esto empezó á insultar á Adán, como si éste fuese el
responsable del abandono en que vivían sus hijos.
 
Pero transcurría el tiempo y era urgente tomar una resolución. Luego de
muchas dudas y titubeos, Eva escogió á los hijos preferidos (¿qué madre
no los tiene?) para lavarlos y vestirlos lo mejor que pudo. Después
empujó á los otros á puro cachete, hasta dejarlos encerrados en un
establo, bajo llave, á pesar de sus protestas.
 
Ya llegaban los visitantes. Eva apenas tuvo tiempo de dar una última
mano al arreglo de su persona. Sacudió su vestido para hacer desaparecer
las arrugas de la lucha con la terrible chiquillería y se pasó un peine
por los pelos alborotados.
 
En el horizonte, una columna de nubes, blanca y luminosa, descendió del
cielo hasta posarse en la tierra. Empezó á sonar un ruido de alas
innumerables, acompañado por las voces de un coro inmenso, cuyos
«¡hosanna!» repercutieron á través del espacio infinito.
 
Los primeros viajeros celestes, desembarcando de la nube que los había
traído, empezaron á remontar el sendero de la granja. Estaban envueltos
en tal esplendor, que parecía que todas las estrellas del firmamento
hubiesen bajado á la tierra para juguetear entre los bancales de trigo
cultivados por Adán.
 
Iba delante la escolta de honor, compuesta de un destacamento de
arcángeles cubiertos de cabeza á pies con centelleantes armaduras de
oro. Después de haber envainado sus sables, se acercaron á Eva para
decirle unos cuantos chicoleos, asegurando que no pasaban por ella los
años y que se mantenía tan fresca y apetitosa como en los tiempos que
habitaba el Paraíso.
 
--Los soldados son así--explicó el tío Correa--. Allá donde van se lo
comen todo, y lo que no se comen lo rompen ó se lo apropian. Cuando ven
á una mujer sienten excitado su heroísmo, lo mismo que si oyesen sonar
el toque de asalto....
 
Total: que algunos más atrevidos intentaron unir los actos á las
palabras, abrazando á Eva. Pero ésta tenía cerca su escoba, y los obligó
con una rápida contraofensiva á refugiarse en la huerta, donde se
subieron á los árboles.
 
El viejo segador rió un poco, añadiendo después:
 
--El pobre Adán no sabía qué hacer. «¡Van á comerse todos mis higos y
mis melocotones!», gritó levantando los brazos. Para él hubiera sido
mejor un ciclón en su huerto que la entrada de la alegre soldadesca.
Pero como era hombre de tacto, aunque juró un poco, acabó por callar.
 
El Señor llegaba ya. Su barba era de plata y su cabeza tenía como adorno
un triángulo resplandeciente que lanzaba rayos lo mismo que el sol.
Detrás venía Miguel, con una armadura incrustada de piedras preciosas
formando fantásticos dibujos. Cerraban la marcha todos los ministros y
altos dignatarios de la corte celestial.
 
--El Creador saludó á Adán con una sonrisa de lástima--prosiguió el
viejo--. «¿Cómo estás, infeliz?», le preguntó. «¿Tu mujer no te ha
metido en nuevos líos?...» Después acarició á Eva, tomándole la
barbilla. «¡Hola, buena pieza! ¿Aún continúas haciendo locuras?»
 
Conmovidos por tanta simplicidad, los esposos ofrecieron al Señor el
único mueble que poseían, semejante á un trono. Era una silla de brazos
como las mejores que se pueden encontrar en una granja rica.
 
--¡Qué asiento, hijos míos!--dijo el tío Correa con entusiasmo--. Ancho,
blandísimo, hecho con madera de algarrobo de la mejor y con cuerda de
esparto bien tejido; un sillón, en fin, como sólo puede tenerlo un cura
de pueblo rico.
 
Sentado en él Su Divina Majestad, fué escuchando lo que le contaba Adán,
sus fatigas, sus malos negocios, las dificultades que había de vencer
para ganar el sustento de él y su familia.
 
--¡Muy bien! ¡Me alegro mucho!--decía el Señor, mientras una sonrisa
agitaba su barba resplandeciente--. Eso te enseñará á no desobedecer á
tus superiores, y sobre todo, á no seguir los consejos de una hembra.
¿Creías acaso que ibas á comer gratis en el Paraíso y hacer al mismo
tiempo lo que se te antojase?... ¡Sufre, hijo mío! ¡Trabaja y rabia! Así
aprenderás lo que cuesta la libertad.
 
El Señor contempló luego á Eva. Desde mucho antes le había dirigido
rápidas miradas de curiosidad y de indignación. Era la primera vez que
veía á una mujer vestida. ¿De dónde había salido este animal de plumaje
fantástico, este loro sin alas, cuya forma absurda y colores chillones
no hubiera podido concebir Él, ni aun en sus momentos de más frenética
creación?...
 
Dándose cuenta de que el Señor la observaba, Eva fué adoptando las
actitudes que consideró más interesantes, esforzándose por hacer valer
con ellas las gracias de su cuerpo y la elegancia de sus adornos. Al
mismo tiempo sonreía, segura de sí misma.
 
--Y el Todopoderoso--continuó el tío Correa--no pudo menos de reconocer
cierta gracia en estos adornos mujeriles que al principio había
considerado feísimos.
 
--Continúa siendo la misma frívola de siempre--murmuró el Señor
dirigiéndose al gran capitán Miguel, que le acompañaba á todas partes y
se mantenía ahora de pie detrás de su sillón--. Es la misma cabeza de
chorlito que conocimos en el Paraíso.... Pero hay que confesar que sabe
adornarse con gusto.
 
Tal vez estas consideraciones, unidas á las sonrisas de Eva y al humilde
silencio con que Adán acogió las reprimendas del Señor, ablandaron el
corazón de éste. Pareció arrepentirse de su anterior severidad, y añadió
con un tono de benevolencia:
 
--No esperéis que os perdone, permitiendo que volváis á disfrutar por
segunda vez los placeres del Paraíso. Lo que está hecho ya está hecho, y
debéis sufrir los efectos de mi maldición. Mi palabra es sagrada; y si
la retirase, me desconocería á mí mismo.... Pero ya que he venido á
veros, no quiero irme sin dejar un recuerdo de mi visita. A vosotros no
puedo daros nada: los dos estáis malditos; pero vuestros hijos son
inocentes y tendré mucho gusto en hacer un don á cada uno de ellos....
Yo había creído que teníais una descendencia más numerosa. ¿Sólo cuatro
hijos? Seguramente que no me arruinaré con mis regalos. Anda, Eva,
tráeme á tus pequeños.
 
Los cuatro pilletes se alinearon ante el Todopoderoso, que los examinó
atentamente.
 
--Ven aquí, tú--dijo designando á un pequeño, serio y gordo, de mirada
penetrante y cejas fruncidas, que había estado chupándose un dedo
mientras escuchaba gravemente la conversación--. Te confiero el poder
de juzgar á tus iguales. Serás el dispensador de la justicia;
interpretarás según tu criterio las leyes hechas por los otros; poseerás
el privilegio de establecer lo que es el Bien y lo que es el Mal,
cambiando de opinión cada siglo. Sujetarás todos los delincuentes á las
mismas reglas penales, medida tan cuerda y acertada como si los médicos
pretendiesen curar á los enfermos con el mismo remedio. Tu situación
será en el mundo la más estable é inconmovible. Podrá ocurrir que los
hombres duden con el tiempo de todo lo que les rodea. Hasta llegará un
día en que se atrevan á discutir mi existencia y á negarme. Pero no
temas por ti. Tú serás la Justicia augusta é infalible, incapaz de
equivocarse, sin la cual no es posible la vida. Los mismos que ostenten
como un título de gloria su incredulidad absoluta, se indignarán si
alguien tiene la audacia de poner en duda tu rectitud. Y si incurres en
errores que cuestan la vida ó la libertad á los hombres, la mayoría
disimulará tu horrible equivocación, apelando al «carácter sagrado de la
cosa juzgada».
 
El Todopoderoso hizo señal para que avanzase un segundo muchacho.
 
Era moreno, de aspecto jovial y atrevido, con la cabeza puntiaguda, la
mandíbula cuadrada y unas orejas prominentes. Llevaba siempre en su mano
derecha un bastón, con el que pegaba á sus hermanos. A la hora de las
comidas se apoderaba de las porciones de los otros, amenazándoles si
protestaban.
 
Al llegar á corta distancia del Todopoderoso se cuadró, con las manos
pegadas á los muslos y los ojos fijos, lo mismo que un soldado alemán
bien disciplinado.
 
Y el Señor le dijo:
 
--Tú serás el hombre de guerra, el héroe. Conducirás tus semejantes á
la muerte, como el matarife guía los rebaños al matadero. Esto no
impedirá que todos te admiren y te aclamen (hasta aquellos mismos que
serán hechos pedazos bajo tu dirección), pues emplearás como fetiches de
poder inagotable las palabras Gloria, Honor, Patria, Bandera. Los
hombres hablarán con emoción de leyes morales y mandamientos religiosos
que les ordenan «no matarás», «no robarás», «amarás á tu prójimo como á
ti mismo»; pero tú, guerrero semejante á un semidiós, vivirás más allá
del Bien y del Mal. Si los otros hombres matan, serán juzgados como
criminales y terminarán sus días en un presidio ó en el cadalso. Tú, por
el contrario, te agrandarás en proporción de tus matanzas, y cuando las
gentes te admiren cubierto de sangre humana, gritarán á coro: «¡Este es
un verdadero héroe!»
 
»Si alguna vez deseas un territorio, lo primero que harás será
apoderarte de él por la fuerza, exterminando á todos los que intenten
resistirse en nombre de sus antiguos derechos. Siempre encontrarás
jurisconsultos que se encarguen de probar, textos en mano, tu derecho á
la posesión de las tierras conquistadas. Comete toda clase de
atrocidades...pero vence. Nunca dejarás de tener razón si eres
victorioso. Nadie osa pedir cuentas al conquistador, y en sus templos,
los sacerdotes de todas las religiones cantarán por tu salud, celebrando
tu triunfo. Inunda los países de sangre, pasa los pueblos á cuchillo,
incendia las ciudades, mata, destruye, roba.... Esto no impedirá que los
poetas te celebren y los historiadores perpetúen tus hazañas más que si
fueses un benefactor de la humanidad. Pero los que intenten imitarte y
cometan tus mismas atrocidades sin vestir unas ropas de corte y color
especiales llamadas uniforme, arrastrarán una cadena en el calabozo de
una cárcel.... Puedes retirarte. ¡Que avance otro!.
 
El tercero era un adolescente, seco de carnes, nervioso, con una palidez
verdosa y los ojos de mirada astuta.
 
Reflexionó el Señor un instante antes de decidir lo que haría de él, y
dijo finalmente:
 
--Tú dirigirás los negocios del mundo, siendo al mismo tiempo mercader y
banquero. Prestarás oro á los reyes, lo que te permitirá tratarlos como
si fuesen tus iguales; y si llegas á arruinar á toda una nación en
provecho tuyo, el mundo admirará tu habilidad. Tus grandes combinaciones
financieras extenderán el pánico por el universo entero, haciendo pesar
sobre las ciudades horas de angustia mortal. Tus victorias en la Bolsa
irán acompañadas por los pistoletazos de tus víctimas empujadas al
suicidio y los llantos de sus familias. Provocarás guerras
incomprensibles y favorecerás tratados de paz ruinosos, siendo
responsable del envío de acorazados y de ejércitos expedicionarios para
sostener tus reivindicaciones injustas y usurarias contra las naciones
débiles.
 
»Tus hijos creerán proteger las artes manteniendo lujosamente
bailarinas, cantantes ó simples portadoras de costosos trajes y joyas
inauditas para halago de su orgullo. Tú, retenido por tus negocios,
envejecerás y llegarás tarde á la escena de la vida, para ser un Mecenas
de esta especie, contentándote con proteger á los pintores.
 
»La disparidad de opiniones más absoluta acompañará el recuerdo de tu
nombre durante treinta ó cuarenta años, porque tu nombre, como el de los
tenores y el de los cómicos, vivirá nada más lo que vivan las personas
que te conocieron. «Sirvió al progreso humano», dirán algunos
acordándose de tus flotas de buques mercantes y de las vías férreas con
que surcastes los desiertos. «Era un bandido», afirmarán otros pensando
que por cada kilómetro de rieles colocados llenaste un cementerio de
trabajadores. «Fué un monstruo, que para ganar sus riquezas sacrificó
más vidas humanas que un conquistador.» Y todos tendrán razón, todos
dirán la verdad; porque lo que hay más divertido en la vida de los
hombres es que todos ellos hablan de la verdad, de la verdad absoluta é
indiscutible, ignorando que esta verdad absoluta no es mas que un
ensueño y que siempre habrá tantas verdades como intereses.... Acuérdate
de esto y sigue tu camino.
 
Llegó el turno al cuarto muchacho, y éste avanzó.
 
--Viendo al tal mocoso, el Señor empezó á reír--dijo el tío Correa--.
Apenas levantaba dos palmos del suelo; y el Omnipotente, como lo sabe
todo, vió que era el hijo preferido de su madre.
 
Ésta únicamente dudaba de la justicia de su preferencia al comparar á
este pequeño con el hermano de las orejas grandes, armado siempre con un
garrote. La mujer se siente en todas ocasiones atraída por el guerrero;
pero cuando el pequeño abría la boca, Eva, completamente subyugada,
reconocía su superioridad sobre el belicoso mayor.
 
El Omnipotente examinó al diminuto personaje con un regocijo mal
disimulado. Se fijó en sus robustos hombros, su cabeza enorme y su
amplia frente. Su mirada era orgullosa y sus labios se contraían con una
mueca en la que se mezclaban el menosprecio y la adulación. Tenía á la
vez algo de comediante y de rey.
 
No parecía intimidado el chicuelo por la presencia del Creador. Se
mantuvo erguido, con una mano sobre el pecho y la otra apoyada en el
respaldo de una silla. Su frente elevada parecía aguardar la inspiración
de lo alto. Mostraba la rigidez de un modelo, como si estuviera delante
del escultor encargado de su futura estatua.
 
Su madre le conocía bien. Cuando sentía hambre y deseaba un pedazo de
pan, nunca lo reclamaba á gritos, como los niños ordinarios. Tenía el
sentimiento precoz de las fórmulas parlamentarias, no conocidas aún en
el mundo, y decía gravemente:
 
--Señora Eva, permítame su señoría una pequeña interpelación: ¿puedo
tomar un poquito de pan?
 
La madre apelaba á su auxilio cada vez que tenía necesidad de mantener
tranquila á la numerosa prole, mientras se consagraba á la confección de
sus trajes.
 
--Ven aquí, vida mía--suplicaba Eva--. Hazme el favor de divertir á tus
hermanos con uno de tus discursos.
 
Y el niño, empujado por su propia elocuencia, hablaba horas y horas, sin
saber ciertamente lo que decía, dando tiempo á la madre para terminar su
obra.
 
--Tú serás el rey de la tierra--declaró el Todopoderoso--; tú serás el
Orador, y con eso queda dicho todo. A pesar de su poder y su orgullo,
tus hermanos vivirán al amparo de tu palabra. El guerrero te obedecerá;
el juez te servirá y sostendrá, para mantener su propia situación; el
banquero te dará cuanto le pidas, para que seas su abogado y defiendas
sus terribles combinaciones. Tu único mérito consistirá en hablar bien,
y eso es suficiente para que todos te consideren el hombre más sabio de
la tierra.
 
»Sin necesidad de estudiar los asuntos, hablarás de ellos
indefinidamente; si alguna vez necesitas mostrar conocimientos, serán de
tercera ó cuarta mano, y sin embargo las masas te aclamarán como un
genio. En los tiempos difíciles todos te buscarán, viendo en ti la única
esperanza de la patria. «Coloquémosle á la cabeza del gobierno, ya que
habla mejor que todos», dirán las gentes.
 
»La humanidad se deja regir por una lógica absurda. Para gobernar una
nación, para administrar su hacienda y hasta para mandar sus ejércitos,
nadie vale lo que un buen orador, capaz de hablar a todas horas
fácilmente y sin fatiga. Cuando surja una guerra, tú dirigirás desde tu
sillón á los generales; cuando llegue el momento de negociar la paz,
confiarán esta misión á un congreso de oradores. La palabra gobernará al
mundo más aún que el sable. Habla, hijo mío, habla elocuentemente y sin
cansancio, y el mundo será tuyo.
 
 
 
 
III
 
 
Adán lloraba silenciosamente, agradeciendo las bondades del Señor.
 
Sus cuatro hijos acababan de recibir la dominación de la tierra entera.
 
Sin embargo, su esposa se mostraba inquieta. Varias veces estuvo á punto
de interrumpir al Omnipotente pronunciando una palabra, una sola, pero
calló en el último instante. ¿Cómo iba á detener la ola de
bienaventuranzas celestiales que se desplomaba sobre sus cuatro
hijos?... Pero el remordimiento oprimía su corazón maternal.
 
Pensaba en la caterva de pequeños encerrada en el establo, que iba á
quedar privada, por su culpa, de tan generoso reparto.
 
Al fin murmuró, aproximándose á Adán:
 
--Voy á enseñar los otros al Señor.
 
--Ya es tarde--objetó el marido--. Sería pedirle demasiadas cosas, y el
Señor puede enfadarse.
 
Precisamente, en el mismo momento el arcángel Miguel, que había venido á
visitar á los dos reprobos contra su voluntad, insistió cerca de su
divino amo para que diese por terminada la visita.
 
Le era insoportable este capricho del Señor, pero protestaba de él con
toda la circunspección de un ministro de la Guerra que lleva muchos
siglos acompañando á su soberano.
 
--Majestad, se hace tarde--insinuó suavemente--. El sol se ocultará
dentro de poco, y las noches son ahora frescas. Sería imprudente, á los
años de Su Majestad, prolongar esta visita.
 
Miguel parecía inquieto. Había una expresión de tristeza en los ojos de
este guerrero rubio, y algunas canas brillantes como la plata cortaban
el esplendor de su cabellera de oro.
 
Pensaba en Lucifer.
 
Lucifer había sido tan rubio, tan arrogante y tan guerrero como él.
Ahora, con el nombre de Satanás, era feo y estaba caído y pisoteado,
como todos los rebeldes que no triunfan.
 
Durante muchos siglos, Miguel había permitido á los pintores y los
escultores celestiales que le representasen teniendo bajo sus pies y su
poderosa lanza á Satanás, el camarada y el adversario de otros tiempos.
No había miedo de que algún habitante del reino celestial intentase una
segunda sublevación pretendiendo continuar la rebeldía de Lucifer. Eran
demasiado listos los de arriba para incurrir en error tan grosero. Pero
el arcángel se daba cuenta de que Satanás, inerte bajo sus plantas
durante tantos siglos, como si se hubiese resignado para siempre á su
derrota, empezaba á agitarse, queriendo renovar la lucha.
 
El ángel caído por su soberbia revolucionaria contaba indudablemente con
refuerzos extraordinarios, y como éstos no podía encontrarlos en el
cielo, Miguel temía que los buscase en la tierra, previendo una serie de
batallas de las cuales no saldría siempre vencedor.
 
Los papeles de la eterna tragedia iban tal vez á cambiarse. Satanás
podía resultar victorioso, irguiéndose á su vez con arrogancia sobre el
cuerpo caído de Miguel, vencedor en otros tiempos y ahora vencido.
 
--Majestad--insistió el guerrero--, dejemos cuanto antes á estos
importunos.
 
El Señor abandonó su sillón. Fuera de la granja sonaron las notas
chillonas de las trompetas de los arcángeles tocando llamada, y los
rubios soldados de la escolta divina descendieron de los árboles con tal
violencia, que no dejaron en ellos fruto ni hoja. Una nube de langosta
no lo hubiese hecho peor.
 
La guardia se formó en dos filas ante la puerta, presentando sus armas,
mientras el divino soberano salía lentamente, apoyado en un brazo de
Miguel.
 
Eva le cerró el camino.
 
--Majestad: un instante.
 
Y corrió al establo, abriendo la puerta.
 
--¡No he dicho toda la verdad!--gritó con una voz emocionada por el
remordimiento--. Tengo otros hijos. ¡Piedad, Señor, para estos pequeños!
¡Dadles un don cualquiera! ¡Que vuestra divina misericordia no los
olvide!
 
El Todopoderoso contempló á esta muchedumbre de niños con estupor y
repugnancia. Al mismo tiempo, su ministro de la Guerra fruncía las
cejas, llevando instintivamente la diestra á la empuñadura del sable.
 
Miguel reconoció al futuro enemigo en esta horda sucia y revoltosa. Con
estos monstruos contaba su adversario infernal para triunfar en el
porvenir. Eran sus últimas reservas, las tropas de la desesperación.
¡Qué lástima no poder aplastarlos allí mismo, antes de que llegasen á
crecer!...
 
--Vamonos, Señor--dijo empujando dulcemente á su soberano--. No hay que
dar nada á esta canalla. Es mejor que todos perezcan.
 
Y repelió á Eva con rudeza, ordenándole que no insistiese en su demanda
presuntuosa.
 
--No puedo hacer nada, pobre mujer--dijo el Señor excusándose--. No me
queda nada que darles. Sus cuatro hermanos se lo han llevado todo.... No
llores; no me gustan las lágrimas femeninas; yo reflexionaré y tal vez
encuentre algo para ellos.... Ya veremos más adelante.
 
Pero la madre no se dejó convencer por estas promesas vagas:
 
--¡Señor, dadles cualquier cosa, pero ahora mismo! No importa el
donativo. ¿Quién sabe cuándo volverá por aquí Su Majestad?... Me
contento con un pequeño regalo para cada uno; un empleo, una ocupación.
¿Qué va á ser, si no, de estos pobrecitos?...
 
El arcángel iba á ordenar que una escuadra de la escolta celeste
apartase á viva fuerza á esta mujer tenaz, cuando el Omnipotente
encontró una solución gracias á su sabiduría infinita.
 
También él deseaba perder de vista cuanto antes la granja y su
chiquillería repugnante.
 
El Señor se acarició su larga barba de plata y dijo á Eva:
 
--No llores, mujer; ya les he encontrado una ocupación, y no será
ligera. Todos estos trabajarán para mantener á sus cuatro hermanos,
sirviéndoles eternamente.
 
Hubo una larga pausa, y el tío Correa terminó así:
 
--Vosotros y yo, y todos los que pasamos la vida encorvados sobre la
tierra para sostener nuestra miserable existencia, somos los
descendientes de aquellos infelices que nuestra primera madre encerró en
el establo.
 
Los segadores quedaron en un prolongado y reflexivo silencio. Pero de
pronto, una voz surgió de la penumbra:
 
--¿Y las mujeres?... ¿Qué hace usted de las mujeres?
 
El tío Correa, sorprendido y perplejo, paseó una mirada por el corro de
oyentes, preguntando:
 
--¿Qué mujeres son esas? ¿Qué tienen que ver las mujeres con esta
historia?
 
El segador medio oculto en la obscuridad, añadió:
 
--Eva, seguramente, tendría alguna vez hijas, pues de no ser así, no
existirían mujeres actualmente, y las hay en todas partes...tal vez
demasiadas; ¿no es esto, tío Correa?... Lo que yo pregunto es cuál fué
la suerte de las hijas de Eva. ¿Nuestra primera madre presentó algunas
al Señor, para que también les hiciera un regalo, ó las encerró á todas
en el establo en compañía de nuestros pobres abuelos?
 
Un murmullo de curiosidad se elevó del corro, semejante al que surge de
una reunión electoral cuando el discurso del candidato queda cortado por
una objeción imprevista.
 
Todos los ojos se volvieron hacia el viejo, que se rascaba la cabeza,
mirando al suelo con una expresión de inquietud y de duda.
 
De pronto sonrió, triunfante.
 
--Bien se ve--dijo con una voz dulzona--que el que ha hecho esa pregunta
es joven y sin experiencia. Eva era mujer y conocía demasiado bien las
necesidades de las mujeres para perder el tiempo en peticiones
inútiles. Dios, con ser Dios y disponer de todo lo existente, no puede
dar nada á las mujeres después que han nacido.
 
Hizo una larga pausa para gozar del silencio con que la curiosidad y el
interés acogían sus palabras.
 
--Antes de que ellas nazcan--continuó--, Dios puede darles la belleza y
la gracia á manos llenas, y hasta algunas veces les da la discreción y
el talento. Pero después que están en el mundo, su única esperanza es el
hombre. Todo lo que son y lo que tienen lo deben al hombre. Para ellas
es el trabajo de los pobres, el poder de los que gobiernan, las hazañas
de los soldados, el dinero de los millonarios. Ellas son las que tuercen
con más facilidad la dureza de la justicia.... No; las mujeres no tienen
nada que pedir á Dios, pues todo lo reciben de los hombres.... Y los
hombres, cuando trabajan por la gloria, por la ambición ó por amor al
dinero, no hacen en el fondo mas que trabajar por ellas y para ellas.